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El suicidio que se ve venir: por qué los jóvenes argentinos ya son la generación que más muere por sus propias manos

Entre 2017 y 2025 las muertes por suicidio crecieron casi un 58 por ciento en el país y desplazaron a los accidentes de tránsito como primera causa de fallecimiento entre los 15 y los 34 años. Una especialista del Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires describe las señales que el entorno suele pasar por alto y explica por qué, en casi todos los casos, hubo tiempo para intervenir.

Por Rodolfo GaticaPolítica provincial · 8 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Cada vez que el calendario vuelve a marcar el Día Mundial de la Prevención del Suicidio, las redacciones argentinas se llenan de cifras, de con especialistas y de recomendaciones que, en la mayoría de los casos, no cambian demasiado de un año a otro: hablar, escuchar, acompañar, pedir ayuda. Lo que sí cambió, y de manera ostensible, es el volumen de la tragedia. Lo que antes era una estadística que se mencionaba de costado, hoy ocupa el centro de la escena sanitaria. En 2017 se habían registrado 3.304 suicidios en el país; en 2025, esa cifra escaló hasta 5.209 casos, un salto del 57,7 por ciento que no admite lecturas tibias. El fenómeno alcanza, sobre todo, a los más chicos: entre los 15 y los 34 años, el suicidio ya es la primera causa de muerte, incluso por encima de los accidentes de tránsito, esa postal negra que durante décadas se llevaba puesta a la juventud argentina en las rutas y en las calles de las ciudades.

La tasa nacional acompaña la pendiente, pasando de 8,2 a 11,8 casos cada 100.000 habitantes en apenas ocho años, tal como reflejan los registros oficiales. La Organización Mundial de la Salud ya había advertido, en la década pasada, que la suba de los cuadros depresivos y de las muertes autoinfligidas no era una rareza regional sino una tendencia global, asociada a transformaciones sociales, económicas y culturales profundas. En el caso argentino, la pandemia y el largo aislamiento social obligatorio dejaron, además, una huella particular sobre quienes transitaban la secundaria, una etapa que en condiciones normales ya es lo suficientemente compleja como para agregarle el encierro y la suspensión de los vínculos presenciales.

Una mirada sobre lo que dejó la pandemia

María Fernanda Azcoitía, psicóloga y directora del Centro de Asistencia al Suicida (CAS) de Buenos Aires, no duda al describir ese escenario. Para una porción de los adolescentes que arrastraban dificultades para vincularse, el regreso a la presencialidad plena significó enfrentar exigencias para las que no habían desarrollado recursos: el cara a cara, el grupo de pares, la dinámica del aula, la exigencia de exponer, de responder, de sostenerse en la mirada del otro. Lo que para algunos fue un alivio, para otros fue un calvario silencioso que se llevó puesto más de un diagnóstico y más de un final abrupto. Azcoitía insiste en un punto que parece elemental y que, sin embargo, se olvida una y otra vez en el debate público: el suicidio nunca es el resultado de una sola causa. Factores psicológicos, relacionales, familiares y biológicos se entrelazan en combinaciones que varían de un caso a otro, y pretender explicar una muerte por una sola razón suele ser, además de injusto, técnicamente equivocado.

“El suicidio siempre es multicausal, nunca hay una sola razón.”María Fernanda Azcoitía, psicóloga y directora del Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires

Qué mirar cuando un joven cambia sin aviso

La pregunta que más se repite entre padres, madres y docentes es, justamente, qué señales mirar. La respuesta de la especialista es menos espectacular de lo que algunos esperan: la clave está en comparar con el patrón habitual de cada persona, no en buscar una lista cerrada de síntomas. Un adolescente que siempre fue expansivo y de golpe se aísla, o uno que era inhibido y empieza a exhibir conductas disruptivas, merece atención. El aislamiento, por sí solo, no es un indicador definitivo: lo que alarma es el contraste con cómo ese joven venía funcionando. Las familias, los docentes y los compañeros de trabajo, en el caso de los jóvenes adultos que ya se fueron de la casa paterna, son los primeros ojos que pueden detectar esos cambios antes de que se transformen en algo irremediable.

  • Cambios marcados respecto de la conducta habitual: aislamiento cuando antes había sociabilidad, o conductas disruptivas donde predominaba la inhibición.
  • Uso de redes sociales como único canal de comunicación, sin vínculos presenciales que sirvan de contención.
  • Presencia de adicciones, trastornos de la alimentación, situaciones de bullying, abusos o conflictos familiares crónicos.
  • Exposición prolongada a contenidos virtuales que desplazan otros vínculos y especialmente sensibles en personas vulnerables.
  • Dificultades específicas para reinsertarse en la presencialidad tras los aislamientos, sobre todo en adolescentes que transitaban la secundaria durante la pandemia.

Sobre el capítulo digital, Azcoitía esquiva cualquier condena genérica y prefiere un diagnóstico más fino: las plataformas no son malas en abstracto, pero se vuelven problemáticas cuando reemplazan a los demás vínculos y cuando quien las utiliza arrastra vulnerabilidades previas. Es esa combinación la que hay que vigilar, no el uso de una aplicación en particular. El proceso, según subraya, nunca es repentino, una afirmación que choca con la idea más instalada, la del estallido sin aviso, y que devuelve al centro de la escena la responsabilidad del entorno cercano, a menudo más entrenado para mirar hacia otro lado que para escuchar de verdad. La prevención, en la enorme mayoría de los casos, no exige grandes recursos: exige presencia, exige tiempo, exige coraje para preguntar lo que incomoda.

En una provincia como San Luis, donde la cosa pública suele discutirse en términos de gestos y resultados tangibles, este tipo de dramas casi no aparece en la agenda de gobierno hasta que estalla. La familia que maneja los destinos puntanos habla de modernización y de cifras macroeconómicas, pero en los barrios, en las escuelas del cinturón y en las familias atravesadas por la crisis económica prolongada, el deterioro subjetivo se mide en silencios que se acumulan y en jóvenes que dejan de salir de sus habitaciones. Cuando un gobierno se ufana de atraer inversiones y al mismo tiempo pierde a su franja más joven por causas evitables, el resultado macroeconómico importa cada vez menos. Gana la indiferencia, pierde la juventud, pierde la sociedad entera.

RG
Rodolfo GaticaPolítica provincial

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