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Cuando el rencor se queda a vivir: lo que le hace al cuerpo sostener una ofensa por años

La bronca pasa, pero cuando la herida no se cierra el organismo paga el costo: presión alta, insomnio, defensas bajas y un cansancio que no se explica. Una mirada médica sobre un fenómeno que muchos arrastran en silencio.

Por Florencia ZabalaTurismo serrano · 7 de septiembre de 2026 · hace 1 d

Lo veo seguido en la consulta de los amigos, en la mesa de un asado, en la pausa del café: alguien nombra a un ex patrón, a un hermano, a un socio que le falló, y la cara cambia. No es bronca del momento. Es algo que lleva años instalado, como una piedra en el bolsillo. Y resulta que esa piedra no se queda en la cabeza: viaja al cuerpo, se instala en la presión, en el sueño, en la panza, en los hombros. De eso se trata esta nota: de lo que le hace el rencor al organismo cuando se vuelve paisaje en lugar de tormenta pasajera.

El punto de partida es simple y a la vez brutal. Guardar una ofensa sin procesarla no es solo una carga emocional: tiene consecuencias físicas concretas. El cuerpo interpreta el recuerdo del agravio como si la amenaza siguiera presente, y responde igual que ante un peligro real. Presión alta, insomnio, inflamación crónica y fatiga son algunos de los efectos que se acumulan cuando el rencor se vuelve un estado permanente en lugar de una reacción que aparece y se va.

La diferencia entre bronca y rencor

Conviene separar las cosas. La bronca puntual aparece con fuerza y se disipa. El rencor es otra cosa: implica volver mentalmente sobre la ofensa una y otra vez, con una intensidad que no baja con el tiempo. Puede durar años, incluso décadas, y su origen suele ser una traición, una injusticia laboral, una ruptura amorosa o un conflicto familiar que nunca encontró cierre.

Por dónde pasa el daño en el cuerpo

  • Sistema cardiovascular: la presión se eleva de forma crónica y la frecuencia cardíaca se acelera incluso en reposo, porque el organismo lee el recuerdo como una amenaza activa. Ese estado de alerta repetido aumenta el riesgo de enfermedad coronaria.
  • Eje hormonal: el cortisol, la hormona del estrés, queda alto más tiempo del que debería. Eso altera el sueño, favorece la grasa abdominal y reduce la sensibilidad a la insulina, abriendo la puerta a trastornos metabólicos.
  • Defensas bajas: con los mecanismos de defensa siempre exigidos, cae la respuesta frente a infecciones y crece la inflamación de bajo grado, un proceso silencioso ligado a enfermedades crónicas de distinto tipo.
  • Cuerpo tenso: cuello, mandíbula y espalda acumulan rigidez que no cede con el descanso. Ahí se explican muchas cefaleas tensionales sin causa médica aparente.
  • Pancha y digestión resentida: el eje intestino-cerebro es especialmente sensible al estado emocional, y el rencor se nota en digestiones pesadas, malestar difuso y colon irritable.
  • Fatiga que no se explica por el esfuerzo físico: es el desgaste de sostener, sin pausa, una respuesta de emergencia que el cuerpo diseñó para ser breve.
“No hay evidencia sólida para atribuir al rencor una enfermedad específica, pero sí que mantiene activados mecanismos perjudiciales para el organismo de forma sostenida. El cuerpo que paga la factura es siempre el propio.”Norberto Abdala, psiquiatra especialista en psiconeuroendocrinología

Lo dice el psiquiatra Norberto Abdala, especialista en psiconeuroendocrinología, y la frase vale la pena guardarla: el cuerpo que paga la factura es siempre el propio. No es una cuestión de voluntad ni de buena onda: es biología. Cuando el rencor se cronifica, el organismo vive en modo alerta permanente, y ese modo tiene precio en presión, defensas, sueño y humor.

La recomendación del lugareño

Antes de cerrar, le pregunté a mi vecina Esther, que atiende un kiosco en Tanti hace más de veinte años y vio pasar a medio pueblo con sus historias: ella dice que el rencor es como la leña verde, que no calienta y echa humo. Su consejo, bien criollo, es dejar la leña verde afuera, cortar lo que se pueda y meter al fuego solo lo que está seco. No es ciencia, pero hace sentido: mientras el cuerpo sigue gastando energía en defender una ofensa vieja, le queda menos para vivir el día. Perdonar, o al menos soltar, no es un regalo para el otro: es un ahorro propio.

FZ
Florencia ZabalaTurismo serrano

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