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Toto Kirzner y el día que la radio le cambió el apellido a su abuelo: la historia detrás del nombre "Suar"

El actor contó cómo una dificultad fonética de los locutores terminó bautizando artísticamente a su padre y por qué él prefirió quedarse con Kirzner, el apellido que lleva en el documento.

Por Rosario EscuderoCultura y espectáculos · 14 de septiembre de 2026 · hace 58 min

Le tengo que confesar algo antes de arrancar: esta nota la empecé a escribir pensando en Toto Kirzner, pero a los cinco minutos me di cuenta de que el verdadero protagonista de la historia es su abuelo, un cantante lírico al que muy pocos conocen por su nombre real y al que casi todos en el ambiente del espectáculo recuerdan por otro bien distinto. Y es que el apellido Suar, ese que lleva su padre y que es una de las marcas registradas más fuertes de la televisión argentina, no nació de un capricho ni de una estrategia marketinera: nació, simple y llanamente, de que los locutores de radio no podían pronunciar bien el nombre de un hombre que cantaba con orquestas sinfónicas.

El que destapó toda esta historia familiar fue Toto, en una charla donde se puso a repasar el árbol genealógico con la misma naturalidad con la que uno cuenta qué comió al mediodía. Y lo que contó tiene esa cosa de novela de inmigrante que a mí, particularmente, me conmueve mucho: habla de esfuerzo, de adaptación y de eso que los argentinos hacemos tan bien, que es reinventarnos a partir de los quilombos que nos va poniendo la vida.

Un nombre imposible para la radio

El abuelo de Toto se llamaba Leibele Schwartz y era cantante lírico. Un tipo con pedigree serio, de los que se plantaban frente a la Orquesta Sinfónica de Filadelfia, la Sinfónica de Israel y la Sinfónica Nacional Argentina a cantar como los dioses. Pero cuando pisaba una radio para promocionarse o para que le hicieran una nota, empezaba el drama. Los locutores miraban el nombre, tragan saliva, y no les salía. Entonces, como pasa siempre en estos casos, alguien tiró la primera versión improvisada: Leo Suárez. Y como toda versión improvisada que funciona, esa se quedó.

Con el correr de los años, el Suárez original fue perdiendo la zeta, perdiendo la erre final, y terminó puliéndose hasta quedar en algo corto, sonoro, fácil de decir: Leo Suar. Así, sin más. Toto lo contó con una sonrisa que uno imagina mientras lee: "Cuando él iba a la radio le decían Leo Suárez, no les salía Leibele Schwartz ni en pedo. Entonces, era todo Leo Suárez y terminó siendo Leo Suar". La frase resume, en una sola línea, cómo se cocina un apellido artístico en este país: a los ponchazos, con humor y con bastante pragmatismo.

Cuando el apodo se vuelve identidad

Lo que pasó después es casi un cuento de hadas al revés: el padre de Toto, que ya llevaba en la sangre el oficio de la música y el teatro, agarró ese apodo que le habían puesto al viejo y dijo bueno, me lo quedo. "Le causó gracia y lo tomó. Dijo: 'Bueno, es más sencillo'", recordó Toto sobre la decisión de su padre. Y la verdad es que la frase tiene toda la lógica del mundo: si la gente ya te conoce por un nombre, si los locutores ya te dicen así, si el público te identifica de esa manera, ¿para qué pelearte con un apellido que a vos te gusta pero al resto le traba la lengua?

Con el tiempo, ese Suar improvisado se convirtió en la marca con la que su padre construyó una carrera enorme en la actuación y la producción. Y acá es donde la historia pega un giro que a mí me parece de lo más humano: cuando Toto empezó a trabajar en televisión y en teatro, su propio padre le sugirió usar el mismo apellido. La oferta era tentadora, porque Suar ya era un nombre instalado, pesado, con peso propio en la industria. Pero Toto le vio la vuelta y le respondió con una frase que, si me permiten la opinión, tiene una honestidad que vale oro en este ambiente.

“No me siento cómodo. Usemos nuestro apellido. ¿Para qué carajo lo tengo, si no?”Toto Kirzner

Esa decisión, que parece chica, en realidad dice mucho de cómo se para este pibe frente al mundo. Porque en un ambiente donde abundan los nombres artísticos, los seudónimos pensados al milímetro y las marcas que se construyen como si fueran productos de supermercado, Toto eligió el camino más simple: quedarse con el nombre que figura en su documento. Kirzner, ni más ni menos. Y a mí eso, lejos de parecerme un capricho, me parece un acto de profunda coherencia con sus orígenes.

  • El abuelo Leibele Schwartz fue cantante lírico y actuó con la Sinfónica de Filadelfia, la de Israel y la Sinfónica Nacional Argentina.
  • Grabó más de 30 discos a lo largo de su carrera.
  • También se desempeñó como actor y como jazan, esa figura clave de la liturgia judía que oficia de cantor.
  • Murió el 11 de julio de 1992, a los 59 años.
  • Su esposa, la actriz Lilian Keller, falleció el 30 de septiembre de 2020, a los 74, tras un accidente cerebrovascular.

Lo que me queda dando vueltas, después de pasar un buen rato con esta historia, es una reflexión que se impone sola: los nombres que llevamos no son solo etiquetas, son decisiones, son herencias, son a veces accidentes afortunados como el de Leibele, y a veces elecciones muy conscientes como la de Toto. En una misma familia puede convivir un abuelo al que la radio le inventó un apellido, un padre que lo adoptó con una sonrisa y un nieto que decidió volver al original. Tres generaciones, tres formas distintas de pararse frente al oficio de ser conocido.

Antes de cerrar, me quedé charlando un rato con gente que pasaba por la puerta y le pregunté qué haría en el lugar de Toto. Las respuestas fueron de lo más variadas, aunque hubo una señora grande, de esas que miran fijo a los ojos cuando hablan, que me dijo algo que me dejó pensando: "Yo usaría el mío, querido, porque uno vale por lo que es y no por cómo lo llaman". Y la verdad es que no sé si le falta razón.

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Rosario EscuderoCultura y espectáculos

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