"The Gentlemen" se anima a más y le sale bien: el poder como camino sin retorno
La segunda temporada de la serie de Guy Ritchie corre a Eddie Horniman hacia afuera del Reino Unido, lo cruza con la mafia italiana y le cobra caro cada metro de poder que gana. Un protagonista que ya no es el aristócrata de la primera entrega y que empieza a parecerse demasiado a los villanos que decía despreciar.
A mí me pasó esto y por eso me senté a escribirlo: el domingo a la noche, en la sala de espera del bar, una señora de unos cincuenta y tantos le decía al marido, mientras acomodaba el tapado sobre la silla, que ella había empezado a ver la serie porque le habían dicho que era "una comedia inglesa con un poco de droga", y que ahora se había quedado enganchada por un personaje al que, textualmente, describió como "ese muchacho que era buenito y ahora te da miedo". Esa frase, me parece, es la mejor manera de explicar qué hace la segunda temporada de The Gentlemen con Eddie Horniman, el Duque de Halstead, y por qué me parece que vale la pena sentarse a verla aunque uno no haya terminado la primera.
La serie vuelve con Theo James al frente y con una decisión narrativa que ya marca el tono desde el arranque: la segunda entrega empieza tres meses antes de un momento bisagra, ese en el que Eddie aparece malherido, arrastrándose por un campo embarrado. En lugar de mostrar el golpe y después explicar cómo se llegó ahí, los capítulos van hacia atrás para reconstruir el camino. Y el camino, justamente, es lo interesante.
De aristócrata accidental a businessman con las manos cada vez más sucias
Eddie ya no es el tipo que llegó por casualidad al negocio del cannabis de la familia Glass. La primera temporada lo dejó integrado al imperio, en pareja con Susie Glass y con una legitimidad que le permitió moverse entre el campo inglés y los códigos del crimen organizado. Lo que muestra esta segunda parte es qué hace una persona cuando, en vez de querer zafar de ese mundo, decide expandirlo.
Su objetivo ahora es recuperar tierras alrededor de la finca familiar y llevar las operaciones fuera de Gran Bretaña. Para eso tiene que aprender a moverse en una cancha nueva: la del cannabis legal, la de la política y la de los acuerdos con actores internacionales del crimen. La serie se ocupa de mostrar cómo cada paso adelante en ese tablero le cambia el carácter. A medida que Eddie acumula poder, empieza a entender que sus buenos modales pueden leerse como debilidad, y que delegar decisiones es un lujo que ya no se puede dar.
Los nuevos jugadores europeos y el peso de Bobby Glass
Para contar ese salto, la temporada incorpora dos personajes clave del crimen italiano: Marco Moretti, un mafioso al que le pone cuerpo y voz Sergio Castellitto, y Cico Maldini, su colaboradora, interpretada por Michele Morrone. Los dos funcionan como una inyección de imprevisibilidad, porque obligan a Eddie a negociar en un idioma que no maneja del todo y con reglas que no siempre están escritas.
Del lado de casa, la tensión fuerte se da con Bobby Glass. El patriarca aparece más preocupado por su despertar espiritual que por aggiornar el negocio al nuevo escenario, y eso lo convierte en un freno para las ambiciones de Eddie y Susie. La relación entre los tres empieza a parecerse bastante a la de una empresa familiar en la que el fundador todavía no entiende que el mercado cambió.
Ritchie afina la fórmula: menos, más bisturí
Guy Ritchie mantiene las marcas registradas de la primera entrega, eso no se pierde: el espectáculo visual, la violencia estilizada, el humor negro que funciona como mecanismo de defensa de los propios personajes. Pero acá esas herramientas están al servicio de una historia más oscura y más ambiciosa sobre el poder y sobre lo que le cuesta a un tipo que todavía se cree bueno cuando empieza a dejar de serlo.
A mí, como espectadora que volvió apegada al Eddie de la primera temporada, lo que más me interesa es justamente eso: ver cómo se aleja progresivamente del hombre que era al empezar la serie. La transformación recuerda a la de personajes clásicos del género, esos antihéroes a los que uno les festeja el ascenso hasta el momento en que se da cuenta de que ya cruzaron una línea que no tiene vuelta. Y la pregunta con la que me fui a dormir el domingo, y que me parece la mejor tarjeta de presentación para esta entrega, es bien simple: hasta dónde puede llegar Eddie Horniman antes de que el costo de ese camino resulte irreversible.
