La mitad de las personas carga con un gen que les sabotea el ácido fólico y casi nadie lo sabe
Una variante frecuente del MTHFR impide al cuerpo aprovechar el folato que recibe y puede estar detrás de cuadros de ansiedad, déficit de atención y complicaciones en el embarazo. El diagnóstico existe, el ajuste en la suplementación es concreto y la conversación empieza ainstalarse en los consultorios.
Me crucé con Daniela en la cola de la farmacia, la otra mañana. Estaba de brazos cruzados, mirando el mostrador, y me dijo, sin que se lo preguntara: «Llevo seis meses con ataques de ansiedad que me cambiaron la vida y el médico me acaba de explicar que es por un tema genético que se arregla cambiando una pastilla». Me pidió que lo contara. Y aquí estoy, contando.
Lo que tiene Daniela es una variante del gen MTHFR, una sigla que hasta hace poco sonaba a trabalenguas y que empieza a aparecer con más frecuencia en las conversaciones de los consultorios. Se trata de un gen responsable de una tarea muy concreta: transformar el folato que ingresa al cuerpo en la forma activa que el organismo puede aprovechar. Cuando la variante está presente, esa transformación se traba.
Un problema que no se ve
El cuerpo puede recibir folato o ácido fólico en cantidad y, aun así, no lograr usarlo. El resultado es un déficit funcional que aparece sin que la dieta falle. Según los datos que circulan en la literatura médica, esa variante está presente en alrededor del 46 por ciento de la población mundial, un número lo suficientemente alto como para dejar de considerarlo un caso raro.
Las consecuencias que se le atribuyen no son menores: mayor predisposición a la ansiedad, al trastorno por déficit de atención e hiperactividad y a abortos espontáneos en mujeres embarazadas, entre otros cuadros. Son síntomas que rara vez se asocian con una causa genética tratable, lo que ayuda a entender por qué tantas personas dan vueltas durante años sin encontrar una respuesta que cierre.
“Las personas no están rotas, simplemente tienen una deficiencia.”Gary Brecka, especialista en biología humana
El cambio, en una sola decisión
La parte práctica del asunto es directa: quienes tienen la variante deben reemplazar el ácido fólico por metilfolato, la forma ya biodisponible que el cuerpo asimila sin necesidad de conversión. El ajuste aplica tanto a suplementos individuales como a las vitaminas prenatales, donde la versión metilada es la indicada para mujeres en etapa gestacional con esta condición.
- El folato existe de forma natural en los alimentos; el ácido fólico es un compuesto sintetizado en laboratorio desde 1943.
- Desde 1993, varios países incorporaron ácido fólico de manera obligatoria en granos procesados como panes, harinas, cereales y pastas.
- Para quienes portan la variante, ese aporte obligatorio no solo no es útil, sino que puede acumularse sin procesarse.
En el tramo final del material que estoy repasando aparece otro nutriente con impacto concreto sobre la salud de largo plazo: la vitamina D3. El rango clínico habitual se mueve entre 30 y 100 nanogramos por decilitro, pero estar en 30 representa, en la práctica, una deficiencia. El nivel que la evidencia disponible asocia con menor riesgo de ciertas enfermedades, incluyendo cáncer de mama en mujeres, se ubica entre 60 y 80 nanogramos por decilitro. La recomendación mínima que circula entre los especialistas consultados es de 5.000 unidades internacionales diarias, incluso con exposición solar regular.
Hay, además, un detalle que suele quedar afuera de la conversación: la D3 no debería tomarse sola. La vitamina D3 es una molécula de transporte de calcio, y la K2 cumple el papel de indicar a dónde va ese calcio: si termina en el hueso, donde cumple su función, o si se deposita en donde no debería. La fórmula que repiten los profesionales que trabajan este tema es D3 con K2, tomadas juntas, como una dupla inseparable.
Salí de la farmacia pensando en Daniela, en la cantidad de gente que puede estar arrastrando algo así sin ponerle nombre, y en lo sencillo que puede resultar el primer paso cuando alguien se atreve a preguntar. Una señora mayor, en la puerta, me miró y dijo, mientras se acomodaba el bolso: «Hay que tener suerte con el médico que te toca». Tenía razón. Y a veces, también, con la pastilla que te animás a cambiar.
