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Dolina recibió el Honoris Causa de la UBA entre un público que lo festejó como si fuera una misa laica

La Facultad de Ciencias Sociales distinguió al escritor, músico y conductor de La venganza será terrible con el máximo reconocimiento académico. Hubo laudatio, conversatorio con Gabriel Rolón y una platea que mezcló estudiantes, oyentes históricos y fans de toda la vida. La crónica, desde adentro del Auditorio.

Por Rosario EscuderoCultura y espectáculos · 4 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Eran cerca de las cinco de la tarde del viernes cuando una mujer de unos setenta años, con un bolso de cuero colgando del hombro y una remera negra con la inscripción "La venganza será terrible", me preguntó en la fila de la Facultad de Ciencias Sociales si yo tenía la acreditación de prensa o si era público general, porque ella hacía tres horas que estaba esperando en la vereda de Santiago del Estero y quería asegurarse de que no se quedara sin su lugar adentro del Auditorio. Le dije que era periodista y me respondió, con una media sonrisa que ya anticipaba la jornada entera, que hacía veinte años que iba a todos los actos donde aparecía Dolina, aunque fuera para cruzarlo en la calle, y que esta vez no se lo iba a perder por nada del mundo. Esa escena, esa pequeña conversación entre desconocidos que se reconocen como comunidad, me parece la mejor síntesis posible de lo que se vivió ayer en la Universidad de Buenos Aires cuando la casa de altos estudios le entregó a Alejandro Dolina el título de Doctor Honoris Causa, una distinción que la Facultad de Ciencias Sociales había aprobado por resolución el año pasado y que ayer, finalmente, se materializó en un acto cargado de solemnidad pero también de una calidez muy poco habitual en los ceremoniales académicos.

Una distinción que llega después de cuatro décadas de radio

Lo que la UBA reconoció, en definitiva, es una trayectoria que lleva más de cuarenta años construyéndose noche a noche al aire de La venganza será terrible, ese programa que Dolina conduce desde 1985 y que, como bien señaló durante el laudatio la directora de la Carrera de Ciencias de la Comunicación Larisa Kejval, compite contra sí mismo en términos de audiencia porque conviven en Spotify la cuenta oficial del ciclo con grabaciones históricas subidas por oyentes a lo largo de décadas. Kejval destacó además un fenómeno que en la cultura popular argentina es verdaderamente extraño: que el nombre de Dolina se haya transformado en adjetivo y en verbo de uso corriente entre sus seguidores, y que una plaza del barrio de Flores lleve el nombre de uno de sus personajes, el Ángel Gris, en lugar del suyo propio. "Es el triunfo de la prosa", se leyó en el texto del laudatio, y la afirmación resonó en el silencio atento del Auditorio.

La resolución que dio lugar al reconocimiento enumera, además, los estudios de Letras, Historia y Música que Dolina cursó en la propia universidad, publicaciones como Crónicas del Ángel Gris y Notas al pie, y una serie de premios que incluye el Martín Fierro de Oro 2022, cuatro premios Argentores, el Premio Konex Diploma al Mérito de 1991 y la distinción de Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires en 2001. Es decir, no se trata de un homenaje que llegue de manera anticipada ni forzada, sino del reconocimiento académico a un recorrido que ya estaba consolidado hacia rato y que la universidad, simplemente, terminó de oficializar.

El conversatorio con Rolón y la pregunta que sobrevuela el acto

Después de la lectura del laudatio y de la entrega formal del título, el acto se corrió hacia un registro más distendido con un conversatorio entre Dolina y el psicoanalista Gabriel Rolón, que ofició de interlocutor y que planteó varios de los temas que atraviesan la obra del escritor: la relación entre la música y la palabra, el lugar del humor como forma de conocimiento, la melancolía como motor creativo y, sobre todo, la pregunta por el público, por esa audiencia fiel que semana a semana se reúne del otro lado de la radio y que ayer, en el Auditorio, se hizo carne y se hizo visible. Porque una cosa es saber que La venganza será terrible se escucha en miles de hogares y otra muy distinta es ver, sentadas en las butacas de una facultad, a tres generaciones distintas compartiendo el mismo rito: abuelos que escucharon el programa desde su primera emisión, padres que crecieron con las grabaciones casetes de los años noventa y estudiantes universitarios que descubren a Dolina en Spotify y en YouTube y que, sin embargo, se ríen con las mismas cosas y se emocionan con los mismos pasajes.

Yo estaba ahí, en medio de esa platea que mezclaba académicos de traje, estudiantes con mochilas, oyentes históricos con gorras y remeras del programa y alguna que otra figura del ambiente cultural porteño, y confieso que pocas veces vi un acto académico con esa temperatura emocional: gente que aplaudía de pie no por cortesía sino por genuina emoción, gente que se abrazaba con desconocidos al salir como si se conociera de toda la vida, gente que murmuraba fragmentos de los libros de Dolina mientras esperaba que empezara el acto. Porque eso es lo que produce este escritor, lo que produce este músico, lo que produce este conductor radial: la sensación de pertenecer a algo, de formar parte de una comunidad de sentido que trasciende las generaciones y las clases sociales.

Una tradición que la UBA viene profundizando

La entrega del Honoris Causa a Dolina no es, por otra parte, un hecho aislado dentro de la política de distinciones de la Universidad de Buenos Aires. En lo que va de 2025, la Cátedra de Música Popular de la carrera de Artes reconoció de igual manera a Charly García, y el propio Carlos Indio Solari recibió el título durante un acto en la Facultad de Ciencias Médicas veinte días antes de su muerte. Hay, en esa secuencia, una decisión institucional de jerarquizar a figuras de la cultura popular argentina que durante décadas construyeron obra fuera del circuito académico clásico, y que sin embargo forman parte central del imaginario colectivo del país. La UBA, con estas distinciones, parece estar saldando una deuda histórica con figuras que moldearon la sensibilidad de varias generaciones desde la música, la radio y la literatura.

Cuando terminé de tomar notas y salí del Auditorio, me crucé con un grupo de cuatro o cinco oyentes que se sacaban fotos en la puerta de la facultad y que se preguntaban entre risas cómo hacían ahora para explicarle a sus nietos que habían estado en la "entrega del doctorado de Dolina". Uno de ellos, un señor de unos sesenta años con barba canosa y una campera de pana, me miró y me dijo, mientras se acomodaba los anteojos sobre la nariz: "Mire, yo lo escucho desde el año ochenta y siete, me crié con él, me casé con mi mujer gracias a un programa de él, y le juro que ayer lloré cuando le pusieron la borla". Esa frase, que me quedó rebotando en la cabeza mientras caminaba hacia la calle, me parece la mejor manera de cerrar esta crónica: la de un oyente que resume, en pocas palabras, lo que significa Dolina para varios millones de argentinos.

“Mire, yo lo escucho desde el año ochenta y siete, me crié con él, me casé con mi mujer gracias a un programa de él, y le juro que ayer lloré cuando le pusieron la borla.”Un oyente, a la salida del acto
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Rosario EscuderoCultura y espectáculos

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