Caminar por la entraña del Malacara, el volcán mendocino que se recorre desde adentro
En el paraje La Batra, cerca de Malargüe, la familia Quezada administra un predio donde la geóloga Corina Risso investigó cómo se formó este volcán. El sendero atraviesa dos cárcavas y termina en un mirador con vista a la laguna de Llancanelo, a 330 kilómetros de la capital provincial.
A unos 330 kilómetros de la ciudad de Mendoza, en el sur provincial, el volcán Malacara ofrece una experiencia poco habitual: caminar por dentro de un volcán. El punto de partida es el paraje La Batra, un campo que administra la familia Quezada y que se convirtió en destino turístico a partir de los estudios que la geóloga Corina Risso viene realizando allí desde hace más de dos décadas.
El recorrido atraviesa dos de las tres cárcavas que tiene el volcán y culmina en un mirador natural. Desde allí, si el día se presta, se alcanza a divisar a lo lejos la laguna de Llancanelo, un espejo de agua salobre que es uno de los íconos del departamento de Malargüe.
Un paisaje modelado por el agua y el fuego
Lo que ve quien camina por el Malacara no es el cráter típico de un volcán cónico. La parte alta, donde están los tres cráteres, queda prácticamente oculta para el visitante, porque el terreno y la vegetación la tapan. En cambio, el sendero discurre entre paredes onduladas, sectores de roca amarilla y depósitos volcánicos de color negro. La luz entra por las aberturas superiores y el aire frío circula entre las grietas, lo que da al lugar una atmósfera particular.
“El Malacara se formó por la interacción del magma con el agua, posiblemente de una antigua laguna. Ese contacto fragmentó la lava y la alteración de los materiales produjo buena parte de las superficies amarillas.”Corina Risso, geóloga e investigadora de la Universidad de Buenos Aires
Esa secuencia es la que cuenta los colores: cuando el agua dejó de intervenir, la erupción continuó y se acumularon materiales oscuros sobre los anteriores. Mucho después, la erosión provocada por el agua y el viento abrió los corredores que hoy se transitan. Los depósitos, además, son frágiles: se desgranan con sólo tocarlos, por eso el cuidado al recorrerlos es parte de la visita.
Del campo ganadero al circuito turístico
- En el año 2000, Corina Risso llegó al paraje La Batra con la ayuda de Alberto "Beto" Quezada, de la familia dueña del campo, para iniciar sus investigaciones.
- Dos años más tarde, en 2002, la geóloga presentó sus estudios en Malargüe, mientras la familia Quezada empezó a trabajar con guías locales para las primeras visitas.
- Las primeras salidas se hacían a caballo, por senderos internos del propio campo.
- En 2006, una antigua huella petrolera dentro del predio permitió habilitar el acceso con camioneta y, después, con maquinaria para mejorar el camino.
- La apertura turística reemplazó parte de la actividad ganadera que históricamente realizó la familia en ese sector del campo.
Hoy la propuesta combina caminata, observación de las formaciones rocosas y una vista panorámica del paisaje desde el mirador. Es un plan al aire libre que, como me dijo Alberto, vecino del paraje, sirve para mostrar de cerca por qué el sur de Mendoza es un libro abierto de geología: "Acá pisás la historia de la tierra y, si te gusta mirar, te la explican".
Lo que queda pendiente es un reclamo conocido en la zona: el estado de los accesos internos al predio y la señalización en la ruta que lleva hasta La Batra, que en días de viento y lluvia se complica. La pelota, como en tantos parajes del sur mendocino, la tienen que tomar las autoridades de Malargüe junto al gobierno provincial, para que el camino hasta el Malacara deje de ser una aventura antes de empezar.
