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Domingo, 4 de octubre de 2026
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Una historia de hastío y revoluciones: cómo "Memorias del subdesarrollo" le dio voz a los que se quedaron

A casi seis décadas de su estreno, la película de Tomás Gutiérrez Alea sigue interpelando con su retrato de un intelectual que opta por la inmovilidad mientras el mundo se transforma a su alrededor, en el corazón de la Cuba revolucionaria.

Por Rosario EscuderoCultura y espectáculos · · hace 2 h
Una historia de hastío y revoluciones: cómo "Memorias del subdesarrollo" le dio voz a los que se quedaron

Confieso que me acerqué a esta película arrastrando cierta pereza, la misma que imagino siente Sergio, su protagonista, cuando le preguntan por qué se queda mientras su familia se sube al avión rumbo a Miami. Una señora de unos cincuenta y tantos, sentada a mi lado en la sala, me susurró antes de que empezara la proyección: "Yo a este hombre lo conozco, es mi cuñado". Y esa frase, medio en serio medio en broma, me terminó de confirmar que el personaje que escribió y dirigió el cubano Tomás Gutiérrez Alea sigue siendo un tipo con el que uno puede cruzarse en cualquier café de Buenos Aires, en cualquier tertulia de cualquier ciudad donde alguien se haya quedado atornillado a su sillón mientras el mundo se le modifica afuera.

La historia es simple en apariencia y enorme en sus consecuencias. Sergio es un escritor de clase media acomodada, un intelectual que posee un departamento con terraza, que viste como si todavía viviera en los años cuarenta, que lee y escucha música clásica mientras afuera se cocina la Revolución Cubana. Cuando su esposa, su padre y el resto de la familia se marchan a Estados Unidos, él decide quedarse. Pero no lo mueve una convicción política ni un compromiso militante con el proceso que lidera Fidel Castro: lo retiene algo más íntimo, más deslucido, casi un hartazgo existencial. Esa elección, o más bien esa no-decisión, es la que organiza todo el relato y lo que vuelve a Sergio un personaje tan incómodo como fascinante.

Un triángulo con la Historia de fondo

A esa permanencia se suman las relaciones sentimentales del protagonista, que son una llave maestra para entender quién es. Alea lo muestra intentando moldear a las mujeres que se le acercan: quiere adaptar a sus parejas a sus propios gustos, intervenir en su formación, decidir cómo se visten, qué leen, cómo se muestran en sociedad. Es un hombre que trata a los demás como si fueran extensiones de su propia sensibilidad, y ahí la película pinta un retrato sutil pero implacable de la vanidad de un sector social que se cree por encima del pueblo que, según su mirada, irrumpe en la calle con la Revolución.

Mientras tanto, la narración no avanza en línea recta. El director apela a saltos al pasado, a recuerdos que vuelven con la textura de una memoria que se recompone a pedazos, y los intercala con imágenes de archivo, con noticiarios de la época, con registros de hechos reales entre los que se destaca la Crisis de los Misiles de 1962. Esa mezcla no es un capricho estético: lo que busca Alea es subrayar que la vida privada del protagonista está atravesada por una Historia que lo excede, que lo contiene, que lo empuja aun cuando él se hace el distraído.

  • La decisión de Sergio de quedarse en Cuba mientras su familia parte a Miami, sin una militancia que justifique la elección.
  • Los intentos del protagonista por moldear a sus parejas, como espejo de una clase social que pretende dirigirlo todo.
  • Los saltos temporales y las imágenes de archivo, que incluyen la Crisis de los Misiles.
  • La inscripción del filme en el Tercer Cine, la corriente latinoamericana que buscó otras formas de producción frente a Hollywood y al cine de autor europeo.

El Tercer Cine como contexto

Ese cruce entre ficción y material documental es lo que permite emparentar a "Memorias del subdesarrollo" con el Tercer Cine, aquel movimiento que tuvo a Cuba como uno de sus epicentros y que propuso otra forma de hacer películas en América Latina, más allá del modelo industrial de Hollywood y del cine de autor europeo. La llegada de cámaras y celuloide más baratos les dio a los realizadores una libertad económica y creativa enorme, y eso se nota en la libertad con la que Alea mezcla registros, idiomas y épocas en un mismo plano.

En definitiva, la película de Alea es muchas cosas a la vez: un drama íntimo, una reflexión sobre el compromiso, una postal de una época convulsa y un ejercicio de memoria colectiva. Y vuelve a dejar abiertas preguntas que me parece vale la pena discutir: ¿qué les aporta a las películas de ficción la incorporación de imágenes de hechos reales? ¿Puede un personaje sin causa política volverse, justamente por eso, un espejo más honesto de su tiempo? Salí del cine con la sensación de que el hastío de Sergio es también el nuestro, el de cualquiera que alguna vez se haya quedado mirando cómo se modifica el mundo sin saber muy bien qué hacer con esa transformación. A la salida, un señor mayor le dijo a su acompañante, y lo escuché con total claridad: "Lo peor de este tipo es que uno termina entendiéndolo". Me quedé con esa frase como quien se queda con una película entera adentro.

RE
Rosario EscuderoCultura y espectáculos

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