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Margay, un refugio verde sobre el arroyo Paraíso donde el monte todavía manda

A cuarenta kilómetros de El Soberbio, la reserva privada combina cuatro cabañas frente al agua, caminatas con guía, kayak y un vivero que devuelve selva paranaense al paisaje. Una opción para quedarse dos o tres días y dejarse llevar por el ritmo del monte.

Por Florencia ZabalaTurismo serrano · 16 de septiembre de 2026 · hace 5 h

El arroyo Paraíso baja rumoroso entre piedras y hojas, y desde el deck de las cabañas uno se queda mirándolo como si no tuviera otro programa en la vida. Eso es lo primero que sentí al llegar a Margay, una reserva privada enclavada en Misiones, a unos cuarenta kilómetros de El Soberbio y a casi trescientos de Puerto Iguazú. La selva paranaense cierra el horizonte y el ruido del agua se mete en la siesta. Es un lugar para bajar un cambio, caminar, remar y volver a casa con la sensación de que algo se ordenó adentro.

Cómo llegar y qué llevar en la mochila

Para moverse hasta allí hay que tomar la ruta hacia El Soberbio y luego un tramo de camino de tierra. Se recomienda una estadía de dos o tres días, que es el tiempo justo para combinar caminatas, kayak y la visita al vivero sin apurarse. En la valija conviene poner ropa para meterse al agua, calzado de trekking, pantalón largo y camisa de manga larga, además de abrigo para la noche. No faltan el repelente, el protector solar, sombrero y anteojos. La mejor ventana para ir es entre febrero y marzo, cuando la selva está más viva y los saltos del arroyo se escuchan con más fuerza.

  • Ropa para mojarse y calzado de trekking
  • Pantalón largo y camisa de manga larga
  • Abrigo para la noche, sobre todo en cabañas rodeadas de monte
  • Repelente y protector solar, sombrero y anteojos de sol

La reserva dispone de cuatro cabañas apoyadas sobre la ribera del arroyo Paraíso, totalmente rodeadas de vegetación. Cada unidad tiene un deck de madera donde uno puede sentarse a desayunar mirando cómo se mueve el agua o a merendar cuando el sol empieza a bajar. La cocina apuesta a preparaciones frescas y orgánicas con identidad misionera, y a la noche se arma ronda de fogón con conversaciones sobre la cultura guaraní y pescado cocinado en hojas de banano. Es una mística simple pero efectiva: uno termina escuchando historias que no encuentra en ninguna guía.

Senderos, kayak y un vivero que repuebla la selva

De día las opciones se reparten entre senderos autoguiados y caminatas con un guía profesional, que va explicando cómo se relacionan las plantas y los animales del monte. Para los más inquietos está la posibilidad de recorrer el arroyo en kayak, una de esas actividades que parecen menores hasta que uno se encuentra remando entre helechos y tacuaras. La otra visita clave es la del vivero Kawsay, donde se producen especies nativas que después se usan para recuperar ambientes degradados y para el arbolado urbano. Entre cien mil y doscientos mil plantines salen de allí cada año, una cifra que deja en claro la escala del trabajo.

Margay ocupa sesenta y cinco hectáreas dentro del área de amortiguación de la Reserva de Biosfera Yabotí, que protege unas 253.000 hectáreas de selva paranaense. El trabajo ambiental incluye el cuidado de especies como el palo amargo y el seguimiento de fauna con cámaras trampa, con el objetivo de reducir la caza. También se desarrollan sistemas agroforestales que combinan cultivos y árboles nativos para recuperar suelos y biodiversidad. A través del proyecto M2 x Naturaleza se busca restaurar superficies de selva afectadas por actividades productivas e incendios. Es, en definitiva, un lugar donde el turismo se pone al servicio de la restauración.

Antes de cerrar la nota le pregunté a Iván, un vecino de la zona que conoce el arroyo como la palma de su mano, qué recomienda hacer sí o sí en una visita a Margay. Me dijo, casi sin pensarlo, que hay que levantarse temprano al menos una mañana y caminar uno de los senderos con guía antes de que salga el sol, cuando los pájaros todavía están hablando y la luz entra de costado entre los árboles. Sumar el kayak al atardecer y guardar el fogón para la última noche, para despedirse como se merece. Si me preguntan a mí, le hago caso.

FZ
Florencia ZabalaTurismo serrano

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