Diez años de los Pearson: la saga familiar que nos enseñó a mirar la vida por sus costados menos pensados
La serie de Dan Fogelman celebra una década desde su estreno y todavía aparece en conversaciones deWhatsApp y de sobremesa. Un repaso por su estructura, su elenco y la mecánica narrativa que la convirtió en una de las propuestas más queridas del drama familiar de los años dos mil diez.
A Marta, la contadora de la empresa donde voy a sacar turno para la vacuna, la conocí hablando de la serie que el veinte de septiembre de dos mil dieciséis se plantó en la pantalla y, sin hacer ruido, se quedó. La escuché decir, mientras revolvía unos papeles antes de pasarme el número, que ella había llorado en el capítulo del funeral como si fuera un duelo propio. Esa frase me volvió a la cabeza cuando me puse a pensar qué escribir a diez años de su estreno, porque me parece que la mejor manera de entrar a This Is Us es por la gente que la vio antes que por cualquier sinopsis prolija. La serie creada por Dan Fogelman sigue vigente en las conversaciones de pasillo, en los hilos de Twitter que todavía arden de tanto en tanto y en esas sobremesas donde alguien dice acordate de Jack y los demás lo entienden sin que haga falta aclarar nada.
Una familia contada en dos tiempos
El punto de partida no podía ser más simple y, al mismo tiempo, más astuto: cuatro personas que cumplen años el mismo día. Ese es el arranque del primer episodio, que dura alrededor de cuarenta minutos. El capítulo avanza y, cuando uno cree que está viendo historias paralelas, hacia el final se revela que todos forman parte de una misma familia. Esa revelación, que ya es un lugar común cuando uno la cuenta de memoria, en su momento fue un latigazo. Y lo más interesante es que la serie no se queda ahí: a partir de ese descubrimiento, la narración se organiza en dos marcos temporales distintos que corren en paralelo y que se van entrelazando con un pulso casi musical.
Esa estructura le permite a Fogelman ir y venir entre los Pearson como padres y como hijos, mostrando cómo se fabrican los recuerdos que después vuelven a la mesa cuando los chicos son grandes. Los saltos no son un capricho: son la forma que tiene la serie de decir que una familia nunca se cuenta de una sola manera, sino en capas.
- Sterling K. Brown como Randall, el hijo adoptado que pelea toda la serie con la idea de merecer el lugar que le tocó.
- Milo Ventimiglia como Jack, el padre que funciona como el centro emocional del clan y cuya sombra se proyecta capítulo tras capítulo.
- Mandy Moore como Rebecca, la madre que sostiene la casa y termina sosteniendo, también, el peso de las decisiones más duras.
- Chrissy Metz como Kate, en un arco que va de la búsqueda de aceptación a la construcción de una identidad propia.
- Justin Hartley como Kevin, el hijo que pelea contra la etiqueta de galán para encontrar algo más genuino debajo.
- Ron Cephas Jones como William, el padre biológico de Randall, que se ganó un lugar en el corazón del público con muy poco tiempo en pantalla.
Elenco coral es una palabra que suele quedar vacía cuando se la repite de memoria, así que vale la pena aclararla en este caso. La propuesta es efectivamente coral porque no hay un protagonista único que cargue con todo: cada uno de los seis nombres de la lista anterior tiene su propio arco, sus propias batallas y sus propios momentos para lucirse. Cuando uno mira la serie diez años después, se da cuenta de que el verdadero protagonista es el grupo, la familia como organismo vivo que respira entrelazado.
La serie se extendió a lo largo de seis temporadas con un total de ciento seis episodios, una cifra que habla de un ritmo pausado y de una confianza notable en el material. No hubo apuro por cerrar ni hubo estiramiento artificial: cada temporada encontró su propio tono y fue abriendo nuevas preguntas que las siguientes vinieron a responder, o a complicar todavía más. Esa paciencia es, a mi entender, parte de lo que explica que la gente siga hablando de ella una década después. En un momento donde las plataformas suelen cancelar series antes de que tengan tiempo de respirar, This Is Us tuvo la rareza de poder terminar como quiso terminar.
Risa, lágrima y la decisión de no esconder ninguna de las dos
Fogelman planteó desde el arranque un tono que Deliberadamente reúne la risa con las emociones más intensas. Esa combinación no es un accidente ni una concesión al público: es la columna vertebral de la propuesta. El melodrama está ahí sin pedir disculpas, pero convive con escenas de humor que descomprimen cuando la historia se pone más pesada. Esa decisión de no esconder ninguna de las dos cosas es, en buena medida, lo que hace que la serie se sienta honesta. Las familias reales no son puro drama ni pura comedia, sino un vaivén permanente entre las dos cosas, y la serie se anima a reflejarlo sin marcar la diferencia.
Los momentos emotivos conviven, así, con el humor dentro de una misma historia, y esa convivencia es la que le da a la serie una calidez que no siempre se encuentra en el género. Cuando uno termina un capítulo puede haber llorado y haberse reído en la misma media hora, y eso no es poco.
A una década de su debut, la ficha de This Is Us reúne entonces un elenco coral, una narración en distintos tiempos y ciento seis capítulos centrados en una sola familia. Lo que queda, a esta altura, es la pregunta de hacia dónde van los dramas familiares en las series que uno elige ver, si hacia esa mezcla de risa y emoción que Fogelman supo encontrar o hacia formatos más fríos y serializados. Yo, por las dudas, sigo creyendo que la fórmula de los Pearson todavía tiene bastante para dar, y que mientras haya gente como Marta llorando en el capítulo del funeral, esta serie va a seguir viva.
“Yo lloré en el capítulo del funeral como si fuera un duelo propio.”Marta, contadora, a la salida del turno para la vacuna
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