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Martes, 20 de octubre de 2026
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De Mitaka al mundo: la rareza de Miyazaki que solo vive dentro de un museo

Un cortometraje de 13 minutos pensado única y exclusivamente para las salas del Museo Ghibli recorre el universo de "Mi vecino Totoro" sin salir jamás de Tokio. La existencia de "Mei y el gatitobús" es una rareza dentro de la filmografía del estudio y un caso casi único en la animación contemporánea.

Por Rosario EscuderoCultura y espectáculos · · hace 1 h
De Mitaka al mundo: la rareza de Miyazaki que solo vive dentro de un museo

Yo todavía recuerdo la cara de una señora que me crucé en una función de cine, allá por los ochenta o noventa, contándome entre risas cómo había llevado a sus hijas a ver "Mi vecino Totoro" y cómo las criaturas del bosque, ese tótoro enorme y bonachón, se habían metido para siempre en la mesa familiar. Aquel dibujo de 1988 se volvió, con el paso de los años, una de esas obras que se cuentan de generación en generación, y del otro lado del mundo, en japonés, no deja de pasar: sigue siendo, para una enorme cantidad de chicos y grandes, el primer Miyazaki que se recuerda con cariño. Lo que no todo el mundo sabe es que, mucho después del estreno, el autor volvió a ese universo con una pieza muy chiquita y muy particular, concebida casi como un secreto.

Un corto nacido para no salir de Japón

"Mei y el gatitobús" es un cortometraje de animación de apenas 13 minutos que Hayao Miyazaki dirigió en 2002, casi catorce años después del estreno de "Mi vecino Totoro". La historia no es ni una secuela al uso ni una precuela: vuelve a poner en el centro a Mei Kusakabe, la hermanita menor de Satsuki y Meí, y la arrastra a una correría nocturna junto al gatitobús, esa criatura gigantesca con forma de gato que en la película original funcionaba casi como un transporte mágico. En este corto, en realidad, el protagonista absoluto es el gatitobús pero en su versión más pequeña, un cachorro hijo de aquel, y la pequeña Mei es quien lo descubre y se sube con él a dar un paseo por los aires. El corto fue escrito y dirigido por el propio Miyazaki, la voz de Mei volvió a estar a cargo de Chika Sakamoto, la misma actriz que le había puesto voz en 1988, y la banda sonora corrió por cuenta de Joe Hisaishi, el compositor que ya es inseparable de la música del estudio.

Lo más llamativo de la existencia de este cortometraje es dónde vive. La obra fue producida exclusivamente para ser proyectada dentro del Museo Ghibli, el espacio que el estudio tiene en Mitaka, al oeste de Tokio, y nunca fue editada en DVD, ni subida a plataformas de streaming, ni lanzada en Blu-ray, ni puesta a la venta en ningún formato hogareño. Dentro del museo, además, no está permitido tomar fotografías, con lo cual la experiencia es exactamente lo contrario de lo que hoy entendemos por un estreno: es algo que se ve, se vive en una sala especialmente acondicionada, y se guarda en la memoria, sin pantalla de celular de por medio.

Fuera de Japón, solo se vio en ocasiones puntuales

Como el corto nunca circuló en formato doméstico, las únicas formas de verlo fuera de Japón fueron proyecciones muy puntuales, ligadas a retrospectivas, muestras de cine o eventos especiales. Esas funciones existieron, pero no se repitieron de manera sistemática y desde luego no forman parte de la cartelera habitual de ningún festival o sala del mundo. El efecto concreto es bien claro para cualquierfan del estudio: si uno quiere ver "Mei y el gatitobús" en las condiciones para las que fue pensado, en la sala para la que Miyazaki lo pensó, no queda otra que viajar hasta Mitaka y entrar al Museo Ghibli. No existe, hoy por hoy, ningún atajo oficial.

Volver a Totoro catorce años después

En el fondo, y este es el punto que a mí más me interesa, lo que cuenta este cortometraje es menos la historia en sí que la decisión de hacerlo. "Mi vecino Totoro" se había estrenado en 1988 y se había convertido, con los años, en una de las piezas centrales del reconocimiento mundial del estudio y en una referencia ineludible de la animación japonesa: las dos hermanas que se mudan al campo con su padre mientras la madre está internada en un hospital, el encuentro con los espíritus del bosque, los tótoro en sus distintos tamaños. Que Miyazaki haya vuelto a ese mundo catorce años después, con un relato breve y con una distribución tan pero tan restringida, dice mucho del tipo de obra que tenía en la cabeza. No era un movimiento de mercado ni un producto para vender: era una pieza pensada para un lugar concreto, el museo que el propio estudio estaba construyendo, y para una experiencia concreta, sentarse en una sala del Museo Ghibli y dejarse llevar. Por eso sigue siendo, a mi modo de ver, una rareza casi única: una película que existe, que se puede ver, pero que no está disponible en ningún estante ni en ningún catálogo, y que funciona como un pequeño secreto a voces del universo de Totoro.

De chico, en la salida de una función, una espectadora que había ido con su nieto me dijo, mientras acomodaba las cosas en el asiento, algo que se me quedó grabado y que cada tanto vuelve: "Yo a Totoro lo vi cuando era chica y lo sigo viendo ahora;hay algo que no se gasta". Quizá por eso un corto de trece minutos, escondido en un museo de Tokio, sigue dando que hablar: porque es parte de un mundo al que uno no quiere dejar de volver.

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Rosario EscuderoCultura y espectáculos

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