Brad Pitt entre montañas y monasterios: la historia detrás de «Siete años en el Tíbet», la película que China no quiso ver
La aventura de Heinrich Harrer en el Himalaya, su amistad con el Dalai Lama y la sombra de Beijing que se extendió durante años sobre Brad Pitt y su director.
Antes de que Brad Pitt apareciera en pantalla, ya había alguien del público que se acomodaba en la butaca con la convicción de que iba a ver una postal del Himalaya y nada más. Yo también formé parte de ese grupo cuando la película llegó a los cines a fines de los noventa, y confieso que salí con la cabeza ordenada de otra manera. «Siete años en el Tíbet», dirigida por el francés Jean-Jacques Annaud, es una de esas propuestas que arrancan como una aventura de alpinistas y terminan funcionando como una clase de historia contemporánea contada con paisajes como telón de fondo.
La historia sigue los pasos de Heinrich Harrer, un austríaco de elite que en 1939 deja a su esposa embarazada para sumarse a una expedición al Himalaya. La Segunda Guerra Mundial le cambia los planes en el medio: queda prisionero, la aventura pierde el centro y empieza otra cosa. Cuando por fin escapa, su camino lo deposita en la residencia del Dalai Lama, y es ahí, en ese encuentro inesperado, donde la película deja de ser un filme de montaña para convertirse en algo más profundo.
De alpinista a discípulo
Lo que más me interesa como espectadora es ese desplazamiento del personaje. Pitt compone a un hombre soberbio, casi insoportable al principio, que se va desarmando a medida que conoce la cultura tibetana y construye un vínculo personal con el joven líder espiritual. Esa relación es el verdadero corazón del relato y la razón por la que la película sigue conversándose más de dos décadas después de su estreno.
El contexto histórico pesa tanto como los personajes. La película muestra los preparativos de China para invadir el Tíbet, y ese telón de fondo político se cruza con la transformación íntima de Harrer. Annaud elige narrar las dos cosas en paralelo: lo que le pasa al protagonista y lo que le pasa al lugar que lo recibe. Esa doble lectura es la que le da densidad a una propuesta que, a primera vista, podría parecer solo un viaje con nieve y Sherpas.
Las represalias que vinieron de Beijing
La película también dejó huella fuera de la pantalla. En 1997, China prohibió los estrenos de Sony en su territorio, una decisión que se sostuvo durante todo ese año. Además, Pitt y Annaud recibieron prohibiciones de ingreso que en un primer momento fueron de por vida.
- 1997: Beijing veta los estrenos de Sony por un año.
- Pitt y Annaud quedan prohibidos de ingresar a China de manera indefinida.
- 2012: Annaud finalmente entra al país y tiempo después filma «El último lobo» en la región.
- 2014: Brad Pitt consigue entrar, luego de mantener la restricción durante casi dos décadas.
Esos idas y vueltas con el gobierno chino forman parte de la historia de la película tanto como los diálogos de Pitt con el Dalai Lama. Sirven para dimensionar que el film no se quedó en lo testimonial: incomodó a un Estado lo suficiente como para que la prohibición sobre su protagonista tardara diecisiete años en levantarse. A mí, como espectadora de a pie, eso me confirmó algo que sospeché mientras la miraba: que detrás de las montañas había un tema que todavía estaba abierto.
“La prohibieron por algo, y eso ya te dice algo de lo que cuenta.”Espectadora a la salida del cine
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