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Domingo, 11 de octubre de 2026
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A treinta años del grito inicial de Scream: el truco detrás de las lágrimas reales de Drew Barrymore

Una estrategia de marketing que la instaló como protagonista falsa y un director que la indujo al llanto con un recuerdo perturbador: la construcción de una de las aperturas más influyentes del cine de terror.

Por Rosario EscuderoCultura y espectáculos · · hace 1 h
A treinta años del grito inicial de Scream: el truco detrás de las lágrimas reales de Drew Barrymore

A mí me pasó lo que a miles de espectadores esa noche de 1996: fui al cine convencido de que estaba viendo una película de Drew Barrymore y terminé helando la butaca cuando la mataron antes de que se cumplieran los primeros quince minutos de proyección. Confieso que salí del cine en silencio, sin entender bien qué acababa de pasar. Con el tiempo supe que aquella sensación de sorpresa no era accidental, sino el resultado de una maniobra calculada al milímetro por Wes Craven y por el equipo de marketing de Dimension Films, que apostó a la cara más reconocible del reparto para vender la historia y sacrificarla en el arranque. Veintinueve años después, la escena inicial de Scream sigue siendo una clase magistral de cómo construir tensión, sorpresa y emoción genuina al mismo tiempo.

Un llanto que no fue actuado

Lo que muchos no sabíamos, y que estos días volvió a circular con fuerza por la cercanía del treinta aniversario, es que las lágrimas que vemos en la pantalla fueron absolutamente reales. La noche previa al rodaje, Barrymore había leído una noticia que la golpeó especialmente: la historia de un dueño que había quemado vivo a su perro. La actriz llegó al set todavía sacudida por la imagen y, cuando se lo comentó a Craven, el director encontró de inmediato el recurso. Lo que hizo fue sencilla y a la vez brutal: durante la filmación de la escena de la llamada, cada vez que necesitaba que la emoción aflorara, se acercaba a ella y le susurraba al oído la frase «estoy enceniendo el mechero». La sola evocación bastaba para disparar el recuerdo y, con él, el llanto genuino que termina convertido en uno de los momentos más recordados del género.

La asistente de dirección Julie Plec describió tiempo después lo que se percibía desde el otro lado de la cámara, y la imagen vale más que cualquier análisis técnico. «Se oía a Drew gritar y aullar, y yo pensaba: '¿Pero qué coño está pasando ahí dentro?'. Y era Wes, que la estaba animando», contó Plec, dejando en evidencia que lo que se escuchaba era una actriz atravesada por una emoción que no estaba fingiendo, inducida por un director dispuesto a cruzar límites muy finos para conseguir verdad en pantalla.

“Vas a ver el tráiler y los anuncios, y vas a estar seguro de que ella es la protagonista. Es imposible que muera. Cuando muera al final de esa secuencia, pensarás: 'Cualquiera podría morir'.”Richard Potter, director de desarrollo de Dimension Films

La otra capa del truco: vender a Barrymore para matarla

Porque el llanto real fue apenas una de las dos patas de la apuesta. La otra, igual de decisiva, fue estrictamente comercial. Dimension Films decidió colocar a Barrymore como cara absoluta de la campaña: afiches, tráileres, entrevistas de promoción, todo el material la señalaba a ella como el ancla narrativa del filme. La intención era que el público diera por hecho que era la protagonista, invirtiera emocionalmente en su personaje y recibiera el asesinato de Casey como un puñetazo. Funcionó de manera rotunda y, de paso, refundó el slasher, que desde principios de los años noventa venía en una meseta notable.

El propio Potter rememoró el momento en que la idea tomó forma y dejó testimonio del nivel de cálculo que había detrás de algo que parecía espontáneo. «Vas a ver el tráiler y los anuncios, y vas a estar seguro de que ella es la protagonista. Es imposible que muera. Cuando muera al final de esa secuencia, pensarás: cualquiera podría morir», explicó. La movida dialogaba además con un precedente enorme: la decisión de Alfred Hitchcock de matar a Janet Leigh en los primeros treinta minutos de Psicosis. Craven no ocultó nunca la inspiración y, sin embargo, construyó algo distinto, con reglas propias y con un elenco coral que convertía la incertidumbre en el motor verdadero del relato.

Por qué sigue importando hoy

A treinta años del estreno, la secuencia de apertura de Scream sigue estudiándose en escuelas de cine y en manuales de guion como ejemplo de cómo se pueden combinar tres capas —decisión de marketing, dirección de actores y construcción de sorpresa— en un mismo movimiento. Pero, si me apuran, lo que más me sigue conmoviendo es el detalle más pequeño: un director que le susurra una frase terrible al oído a una actriz para devolverla a una emoción verdadera, y una actriz que se entrega a ese ejercicio sin red. Esa combinación de crueldadde planificación y de improvisación emocionales lo que hizo que millones de espectadoresincluido yosaliéramos del cine creyendo que habíamos visto algo nuevo bajo el sol del terror.

Como me dijo un amigo al salir de verla hace casi tres décadas, todavía con el pulso alterado: «Me mataron a la protagonista antes de los créditos y encima me hicieron llorar con un perro; ya no sé si estoy enojado o admirado». Me parece que esa frase resume bastante bien lo que Scream le hizo al género y, sobre todo, lo que nos hizo a nosotros como público. Por eso, cada vez que alguien me pregunta por qué esa película importa tanto, no hablo de Ghostface ni de las reglas del slasher moderno: hablo de ese mechero imaginario que Craven encendió sobre el set para conseguir que una actriz llorara de verdad. Y lo cuento cada vez con la misma fascinación.

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Rosario EscuderoCultura y espectáculos

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