Villa Ortúzar, el barrio porteño donde la calma se come a fuego lento
Con alquileres más baratos y locales enormes, un puñado de cocineros y pasteleros decidió abrir lejos del ruido. La fórmula, dicen, es que el cliente vaya a buscarlos, no que se los cruce al pasar.
Amanece sobre la calle Asunción y el aire todavía tiene esa pereza que solo se siente en los barrios donde las veredas son anchas y el tiempo parece haberse olvidado de correr. Camino despacio, con el termo en la mano, y miro las casas bajas, los árboles que se inclinan sobre el cordón, los frentes descascarados que guardan la memoria de cuando Villa Ortúzar era puro humo de fábrica y turno obrero. Hoy ese esqueleto industrial se transformó en otra cosa: en galpones reconvertidos, en veredas con mesas al sol y en una movida gastronómica que crece de a poco, casi en silencio, como crece todo lo que nace lejos de los focos.
La movida, me cuentan los propios dueños, tiene una explicación tan concreta como prosaica: los alquileres acá se pagan entre un 15 y un 20 por ciento menos que en Chacarita o Núñez. Y esa diferencia, en un país donde abrir un restaurante es casi un acto de fe, se nota. Se nota en la cocina que tiene lugar para dos hornos más, en el depósito donde entra la mercadería sin hacer equilibrio, en las mesas en la vereda que un domingo de primavera quedan desbordadas de familias. Se nota, sobre todo, en que acá se puede estacionar el auto en la puerta sin dar tres vueltas a la manzana.
Una lógica distinta: el que viene, viene a propósito
Villa Ortúzar no es un barrio de paso. Quien cruza sus esquinas lo hace porque fue a buscar algo puntual: una pastelería escondida en un galpón, un asador de puertas anchas, una confitería con manteles largos y velas, un restaurante que parece sacado de una película en blanco y negro. Esa es justamente la idea que repitieron varios emprendedores cuando les pregunté por qué habían elegido poner la llave acá: ya nadie apuesta al transeúnte casual, se apuesta al cliente que llega porque alguien le pasó el dato o porque leyó una nota. El boca a boca, en este rincón de la Comuna 12, todavía funciona a la antigua.
- Alquileres entre un 15 y un 20 por ciento más bajos que en zonas gastronómicas consolidadas como Chacarita o Núñez.
- Locales más grandes: galpones reconvertidos, depósitos con mesas y cocinas con metros de sobra.
- Estacionamiento fácil en la puerta, un lujo impensado en Palermo o Belgrano.
- Veredas anchas que permiten poner mesas al aire libre casi todo el año.
- Clásicos de décadas que sostienen la clientela del barrio: pizzería con cola por la fugazzeta, parrilla las 24 horas, cervecería desde 1943 y un bar notable abierto en 1930.
- Efecto acumulativo: cada apertura nueva suma una razón más para que el próximo emprendedor se anime.
Cómo llegar y cuánto sale comer
Llegar a Villa Ortúzar es bastante sencillo: está a pocas cuadras de la estación del mismo nombre sobre la línea Urquiza del tren, y a unas diez o doce caminando desde la estación de subte Los Incas, Parque Chas o Juan Manuel de Rosas, todas de la línea B. En auto se entra directo por la avenida Alvarez Thomas hacia el norte o por Triunvirato, sin meterse en el caos del centro. Ahora bien, cuánto sale comer: depende mucho del local, pero el ticket promedio en la mayoría de las propuestas nuevas ronda los 8.000 a 12.000 pesos por persona con plato principal y bebida, mientras que en los clásicos de barrio una milanesa con papas y una cerveza tirada puede quedar cerca de los 6.000 a 8.000 pesos. Los desayunos largos en la pastelería del galpón, con café de especialidad y algo dulce, arrancan en los 4.500 pesos por persona.
Antes de irme me senté en una de las mesas de la vereda con Graciela, moza del bar notable que abrió en 1930, y le pregunté qué le pasaba al barrio. Me lo dijo con una media sonrisa, mientras sacudía el repasador: 'Mirá, yo llevo acá más de treinta años. Antes esto era de viejos que tomaban un café con leche a las cinco de la tarde. Ahora viene gente nueva, parejas jóvenes, familias con chicos. Se llenó de vida sin hacer ruido'. Tiene razón: Villa Ortúzar no necesita gritar para convocar. Solo hace falta saber que existe, y darse el tiempo de caminarlo despacio.
