Sumergirse para sanar: cuando la pileta se convierte en un consultorio
La hidroterapia trabaja fuerza, equilibrio y marcha en un entorno donde la gravedad se hace más leve. Especialistas la indican para dolores articulares, recuperaciones posquirúrgicas y algunas condiciones neurológicas, siempre como complemento del tratamiento médico.
A la señora del costado mío la vi llegar con un bastón y dos bolsas de hielo. Yo había ido a probar una clase por recomendación de mi traumatólogo, porque la rodilla derecha me venía haciendo ruido desde hacía meses y ya no me animaba a subir las escaleras del subte sin agarrarme del pasamano. Cuando la encontré en el vestuario, charlando con la profesora de turno mientras se acomodaba el gorro de baño, entendí que estaba ante alguien que había pasado por esto muchas veces. Recién más tarde, ya con el cuerpo hasta el pecho en el agua tibia, la escuché explicarle a otra concurrente, con una naturalidad que da la costumbre, eso de que la terapia acuática no es hacer unos largos para despejarse: es, literalmente, rehabilitarse adentro de la pileta.
Me fui metiendo de a poco en lo que la profesora iba proponiendo: movimientos circulares con los tobillos, desplazamientos cortos de un pie a otro, ejercicios de brazos con la resistencia misma del agua como único implemento. Lo primero que noté fue eso que los manuales describen como flotabilidad: con el agua a la cintura, uno siente que carga aproximadamente la mitad de su peso. Y lo segundo, casi en paralelo, fue la ausencia de dolor. La articulación, que en tierra protesta ante cualquier extensión profunda, en el agua simplemente cedía. No es magia, me aclaró la profesora cuando le pregunté: es física. La ingravidez parcial, la resistencia del agua y su temperatura tibia se combinan para transformar la manera en que el cuerpo ejecuta el movimiento.
Cuatro propiedades que hacen del agua un entorno terapéutico
La guía suele insistir en que no hace falta saber nadar ni estar en forma para empezar. La sesión se diseña a partir de una evaluación individual, según el estado de salud, la condición física y los objetivos de cada paciente, y se adapta sobre la marcha. Lo que el agua aporta como herramienta es, en concreto, cuatro cosas:
- Flotabilidad: reduce el efecto de la gravedad sobre las articulaciones y permite ejercitar cargas que en tierra resultan dolorosas o imposibles.
- Resistencia: ofrece hasta setecientas veces más resistencia que el aire, lo que permite trabajar la musculatura sin pesas ni máquinas.
- Presión hidrostática: contribuye a disminuir la hinchazón de tejidos blandos durante la sesión.
- Temperatura: el agua tibia favorece la relajación muscular y prepara al cuerpo para el movimiento.
La fisioterapeuta Jenea Smith, de la Universidad de Missouri, suele describir la modalidad como una fisioterapia con el aporte de la ingravidez. En sus explicaciones, el trabajo en pileta puede emplearse para fortalecer el tronco y mejorar el equilibrio antes de avanzar hacia los ejercicios en tierra, algo que confirmé en mi propia sesión: lo que el agua me permitió hacer ese día fue, básicamente, recuperar confianza en una rodilla que llevaba meses desconfiando de mí.
Para qué cuadros se indica y cómo se organizan los programas
El material clínico al que accedí enumera un abanico amplio de indicaciones. La hidroterapia aparece recomendada como complemento del tratamiento médico en artritis, dolor crónico y lesiones de rodilla, cadera, tobillo, cuello, hombro y zona lumbar, además de procesos previos y posteriores a cirugías ortopédicas. También se la menciona para fibromialgia, hernias discales, estenosis espinal y osteoartritis. En condiciones neurológicas como enfermedad de Parkinson, esclerosis múltiple y secuelas de accidente cerebrovascular, el sostén del agua permite practicar coordinación y marcha con un riesgo de caídas muy menor.
Los programas suelen armarse en ciclos que van de dos a ocho sesiones, con el objetivo de que el paciente gane autonomía. No reemplaza al médico ni al kinesiólogo de cabecera, aclaran los protocolos: lo que hace es abrir una puerta terapéutica distinta, una en la que el cuerpo, gracias a la física, puede moverse donde antes no podía. A la salida, mientras me sacaba el gorro y todavía con las piernas temblándome del trabajo, la señora del bastón me regaló una frase que se me quedó dando vueltas: "Mire, yo acá dentro dejo de tener miedo, y cuando una deja de tener miedo, el cuerpo empieza a arreglarse solo". Me pareció, en ese momento, la mejor definición posible de lo que acababa de vivir.
