Sales, agua y bebidas deportivas: por qué no todas las hidrataciones sirven para lo mismo
La OMS y Unicef insisten con las sales de rehidratación oral para cuadros diarreicos; especialistas diferencian esa vía de las bebidas para el deporte y recuerdan que, en el día a día, la alimentación suele alcanzar.
A mí me pasó, y seguramente le pasó a más de uno: Parate en la puerta de la farmacia con una diarrea persistente y la verdad es que no sabía bien qué pedirle al que estaba atrás del mostrador. Le dije que quería algo para hidratarme, y él, con esa paciencia que tienen los farmacéuticos cuando el cliente arranca con dudas, me preguntó si iba a hacer ejercicio o si lo que tenía era otra cosa. Esa pequeña pregunta, que parece de sentido común y que muchas veces uno no se hace antes de llegar a la góndola, es la misma que separa a una bebida deportiva de una solución de rehidratación oral, dos productos que el mercado tiende a mezclar y que, sin embargo, responden a necesidades bien distintas. Lo aclaro de entrada porque es la idea central de esta nota: no estamos hablando de un detalle menor, sino de dos maneras diferentes de entender cómo se repone lo que el cuerpo pierde cuando algo anda mal, y elegirlas mal puede sumar problemas en lugar de resolverlos.
Cuando la pérdida es por diarrea, la fórmula manda
Lo primero que conviene tener claro es que la diarrea no es lo mismo que un rato largo pedaleando bajo el sol. Ante un cuadro diarreico, sobre todo cuando se trata de chicos o de personas mayores, lo que recomiendan tanto la Organización Mundial de la Salud como Unicef son las llamadas sales de rehidratación oral, que llevan proporciones bien definidas de glucosa y electrolitos y que están pensadas justamente para reponer lo que ese tipo de pérdida arrastra. La glucosa cumple un papel clave, porque ayuda al intestino a absorber el sodio y, con él, el agua, y por eso la fórmula incluye también cloruro, potasio y citrato. Una bebida deportiva, por más llamativa que sea su etiqueta, no llega a cubrir esa composición específica, así que conviene no confundirlas. Y esto último va con mayúsculas: si durante el cuadro aparecen confusión, desmayos, vómitos que no se cortan, imposibilidad de beber o signos de deshidratación severa, lo que corresponde es ir a una consulta médica, porque ahí ninguna bebida comprada en el mostrador reemplaza la evaluación profesional.
En la vida diaria, alcanza con el agua y la comida
Ahora bien, para la enorme mayoría de las personas que están transitando un día normal, la hidratación y los minerales suelen resolverse con algo mucho más sencillo: agua, comidas variadas y prestar atención a la sed. Las frutas, las verduras y las legumbres aportan potasio; los lácteos, las semillas, los frutos secos y algunos vegetales suman calcio y magnesio; mientras que el sodio y el cloruro llegan, casi sin esfuerzo, a través de la sal y los alimentos ya preparados. Todos estos minerales cumplen tareas concretas, porque participan en la distribución del agua en el cuerpo y en el funcionamiento de nervios y músculos, pero la verdad es que, sin pérdidas importantes de líquidos, no hay ningún beneficio probado en salir a buscarlos a través de suplementos. Dicho de otro modo: la lógica de tomarse una pastilla o un sobre para 'cubrir lo que falta' tiene sentido en contextos puntuales y bajo indicación, no como un gesto automático en la rutina.
En el deporte, la decisión depende del esfuerzo y del calor
El terreno cambia cuando aparece el movimiento físico. Ahí ya no alcanza con la fórmula general, porque entran a jugar variables como la duración, la intensidad, la temperatura ambiente y, sobre todo, cuánto se transpira. El Colegio Estadounidense de Medicina del Deporte aclara que las bebidas con carbohidratos y electrolitos pueden sumar ventajas cuando el esfuerzo se vuelve prolongado, mientras que para entrenamientos de menos de una hora la evidencia de diferencias fisiológicas o de rendimiento frente al agua es bastante escasa. Cuando la actividad supera esa franja, en especial si hace calor o hay humedad alta, las necesidades de reposición pueden aumentar, y la cantidad exacta varía de persona a persona, ya que la sudoración y la pérdida de sales no son iguales para todos. Incluso en esos casos hay que tener presente un detalle que a menudo se pasa por alto: tomar más líquido del necesario también puede mover el sodio en sangre, y eso no es un problema menor ni una exageración. Dicho todo esto, lo más razonable es moverse en una zona intermedia: niar la sed como único termómetro cuando el entrenamiento se estira, ni convert
“Tomá agua, comé tranquilo y, si seguís mal, vení a verme.”Farmacéutico de barrio, al despedir al cronista
