Mandatos disfrazados de cariño: cuando las expectativas de la familia pesan más que la propia decisión
La psicóloga Cynthia Wila, autora del ensayo "La culpa", advierte que las aspiraciones que madres y padres depositan en sus hijos pueden convertirse en exigencias difíciles de satisfacer, incluso cuando se formulan con afecto. Propone distinguir la responsabilidad por los propios actos del reproche permanente que sobrevive a la infancia.
La última vez que se discutió públicamente sobre el peso de los mandatos familiares fue durante el debate por la Ley de Identidad de Género, cuando psicólogos y psicoanalistas salieron a marcar cómo ciertas exigencias de origen hogareño condicionan elecciones personales mucho después de la adolescencia. Ahora, en un registro más íntimo, la psicóloga Cynthia Wila vuelve sobre ese mismo terreno con una pregunta incómoda: cuánta de la culpa que cargamos a diario responde a expectativas ajenas y cuánto a hechos concretos por los que efectivamente debemos responder.
Preguntarse qué responsabilidad tenemos en aquello que nos reprochamos es, según Wila, el punto de partida para revisar la culpa cotidiana. En los vínculos familiares, esa operación permite poner en cuestión las exigencias que envuelven una decisión y medir cuánto de lo que sentimos como propio es, en realidad, un deseo heredado de madres y padres. La autora del ensayo La culpa, publicado por Paidós, describe un cuadro frecuente: las aspiraciones de los adultos incluyen proyectos que ellos mismos no lograron concretar y que, sin demasiada reflexión, terminan depositándose en los hijos.
Cuando el mandato se viste de afecto
Para la psicóloga, el problema no se reduce a las palabras hirientes. Un pedido formulado con ternura puede abrir, del mismo modo, la inquietud permanente por saber qué esperan los adultos y qué habría que hacer para obtener su aprobación. Esa búsqueda de validación, según Wila, se traduce con frecuencia en angustia y en un sentimiento de culpa difuso, que ya no se vincula a un hecho puntual sino a la relación misma.
- Las aspiraciones de los padres pueden incluir proyectos propios inconclusos, que se trasladan a los hijos como metas a cumplir.
- No hacen falta palabras hirientes: un pedido con cariño también puede instalar una exigencia difícil de satisfacer.
- La búsqueda de aprobación puede provocar angustia y culpa, más allá de la conducta efectivamente realizada.
- Algunas exigencias quedan asociadas al miedo a perder el afecto de quien las formula, y condicionan las decisiones.
- Las voces y juicios de la infancia pueden incorporarse como reproches propios y persistir en la vida adulta.
- Wila propone revisar de qué se acusa cada persona, en lugar de sostener un cuestionamiento permanente sobre sí misma.
“La forma de transmitir esas expectativas también merece atención. Un pedido expresado con cariño puede dejar igualmente abierta la inquietud por saber qué esperan los adultos y qué habría que hacer para obtener su aprobación.”Cynthia Wila, psicóloga y autora de "La culpa"
Normas que conviven, mandatos que restringen
Wila traza una distinción que considera central: no es lo mismo las normas que ayudan a convivir —como las que ponen límites a la agresividad— que los mandatos que restringen las elecciones personales. Algunas exigencias, explica, quedan asociadas al miedo a perder el afecto de quienes las transmiten, y terminan condicionando decisiones laborales, afectivas y hasta políticas. La presión no desaparece al crecer: las voces y los juicios recibidos durante la infancia pueden incorporarse como reproches internos y mantenerse activos en la adultez, aun cuando ya no haya nadie formulándolos desde afuera.
La especialista aclara, además, que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía según las experiencias de cada persona. Por eso, en su planteo no hay recetas universales sino recorridos individuales, atravesados por palabras, gestos y situaciones vividas. Frente a ese mecanismo, la propuesta concreta es detenerse a pensar qué está pasando y examinar la responsabilidad efectiva por los propios actos: revisar de qué se acusa cada uno, en lugar de sostener un cuestionamiento permanente sobre sí mismo.
El planteo de Wila tiene una derivación que conviene no pasar por alto: si la culpa se sostiene en expectativas ajenas y no en hechos propios, entonces el daño no lo causa el hijo que decide, sino el adulto que no acepta la decisión. Gana el que se atreve a revisar el mandato; pierde el que sigue confundiendo el afecto familiar con un libreto obligatorio.
