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Lindelof vuelve a la carga contra la teoría del purgatorio en Perdidos y revela la influencia del Libro tibetano de los muertos

A más de quince años del final de la serie, el cocreador de Perdidos reavivó el debate eterno entre los fans al explicar de una vez por todas qué representan los flash sideways de la sexta temporada y por qué la isla nunca fue el purgatorio. La respuesta, según él mismo, pasa por un texto budista milenario y por una decisión que los guionistas tomaron cuando todavía faltaban dos temporadas para el cierre.

Por Rosario EscuderoCultura y espectáculos · 27 de agosto de 2026 · hace 1 h

Les confieso algo antes de arrancar: yo era de los que, en aquella cena de domingo de 2010, con el último capítulo todavía fresco, insistía con que todo había sido una trampa. La isla era el purgatorio, Jack nunca se subió al Oceanic 815 y los seis años de serie habían sido un viaje astral colectivo. Esa postura me costó más de una discusión con mi cuñado, fanático de la primera hora, que me miraba con una mezcla de pena y Fastidio mientras yo defendía mi teoría con la misma convicción con la que un fiscal cierra su alegato. Por eso, cuando me crucé con las recientes declaraciones de Damon Lindelof a un medio especializado, no pude menos que sentir una especie de alivio culpable: el propio cocreador de Perdidos salió a desmentir, una vez más, la teoría más instalada entre los fans, y lo hizo con argumentos tan claros que hasta el más convencido tiene que hacer una pausa.

La isla fue real, y los flash sideways, otra cosa

El planteo de Lindelof es tan simple como demoledor para quienes durante años tejimos hipótesis en foros y sobremesas. Para él, todo lo que vimos ocurrir en la isla durante las seis temporadas sucedió de verdad, sin trampa ni juego de manos narrativo. La Iniciativa Dharma existió, Hurley y Ben siguieron manejando los asuntos de la isla después de que Jack cerrara los ojos en aquella playa, y la muerte del protagonista en el último fotograma pertenece al hilo principal de la historia. Lo que no ocurrió nunca fue esa línea narrativa paralela donde los personajes no se conocen y el avión Oceanic 815 aterriza sin contratiempos en Los Angeles. Esa dimensión, conocida popularmente como flash sideways y que recorrió toda la sexta temporada, representa otra cosa: lo que les pasa a los personajes después de muertos, no una realidad alternativa ni una paradoja temporal al estilo de un cuento de Philip K. Dick.

“Todo lo que siempre te hemos mostrado, todo lo que ocurre en la isla, ocurrió. Absolutamente, al cien por cien.”Damon Lindelof

Un texto budista como motor secreto de la sexta temporada

Lo más fascinante de la explicación de Lindelof, al menos para mí que llevo años siguiendo cada entrevista y cada podcast sobre la serie, es la revelación sobre cómo se esa última línea narrativa. La idea no surgió sobre la marcha ni fue un capricho de último momento: los guionistas ya sabían desde antes de la cuarta temporada que la serie terminaría con la muerte de Jack. Les resultaba irresistible la simetría entre el ojo que se abre en el piloto de 2004 y el ojo que se cierra en el cierre de 2010. El verdadero desafío era cómo mostrar lo que le pasaba al personaje después de ese último suspiro, sin caer en lugares comunes ni en una Explanación demasiado explícita que arruinara el misterio. La respuesta llegó desde un lugar inesperado: el Bardo Thodol, más conocido en Occidente como el Libro tibetano de los muertos.

  • El concepto de Bardo describe un estado intermedio en el que una persona muere pero no sabe que está muerta.
  • En ese estado, nadie puede decirle al difunto que falleció, aunque sí puede recibir señales del mundo que dejó.
  • Los guionistas introdujeron los viajes en el tiempo al final de la cuarta temporada para que el público interpretara los flash sideways como una paradoja temporal.
  • Recién cuando los personajes empiezan a recordar cosas que en esa línea nunca vivieron, se fuerza la pregunta clave: cómo pueden recordar algo que nunca les pasó.

El purgatorio nunca fue, y a esta altura hay que hacerse cargo

Ahora bien, hecho el repaso y reconocidas las fuentes, me permito abrir una reflexión que quizás sea la más personal de toda esta nota. A mí, que pasé años discutiendo con amigos y leyendo teorías en foros especializados, me sigue costando soltar del todo la idea de que la isla era un gran limbo. Es una teoría hermosa, poéticamente potente, y tiene la rara virtud de explicarlo todo sin esfuerzo. Pero cuando el propio arquitecto de la historia te dice, con esa calma que lo caracteriza, que no, que todo fue real, que la isla fue real y que el purgatorio nunca existió en su cabeza, uno tiene dos Caminos: seguir empecinado en su propio ombligo narrativo, o aceptar que la verdadera genialidad de Perdidos fue exactamente lo contrario de lo que imaginábamos, que los seis años que pasamos mirando la pantalla ocurrieron de verdad en una isla del Pacífico sur, y que lo fantástico fue siempre otra cosa. A veces, la respuesta más sensata es la menos cinematográfica, y eso, lejos de restarle valor a la serie, la vuelve más inquietante todavía.

Y ya que estamos, les dejo una frase que me quedó rondando la cabeza después de la última vez que discutí este tema con un grupo de amigos, todos ya grands y con hijos, viendo series en formato maratón: la isla fue real, los recuerdos son nuestros, y el purgatorio, al final, lo construimos nosotros mismos cada vez que no queremos soltar una serie que nos marcó la vida.

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Rosario EscuderoCultura y espectáculos

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