Jueves, 24 de septiembre de 2026
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La nueva Resident Evil que imagina Zach Cregger: Austin Abrams como un mensajero común y corriente en Raccoon City

La adaptación de la saga de videojuegos dura unos 95 minutos y vuelve a reunir al actor con el director de Weapons. La historia arranca con un encargo al hospital de Raccoon City y termina convertida en una tragedia de orígenes, con un protagonista que no estaba preparado para lo que iba a encontrar.

Por Rosario EscuderoCultura y espectáculos · 24 de septiembre de 2026 · hace 1 h

A mí, la primera vez que escuché la propuesta, lo que me llamó la atención fue el punto de partida: un paquete con destino al hospital de Raccoon City. A partir de ahí se dispara todo. El mensajero es un pibe cualquiera, Bryan, que trabaja en una empresa de entregas y está ultimando los detalles para irse a vivir con su novia, que está embarazada. El encargo parece uno más, pero termina siendo el último, y ni siquiera lo sabe. Esa condición de persona común, de alguien que no tiene la más pálida idea de dónde se está metiendo, es la que me parece más interesante para mirar la película: un tipo de reparto, sin entrenamiento, sin armas, sin heroicidad prefabricada, enfrentado a un desastre que ya está en marcha cuando él aparece.

La película tiene una duración aproximada de 95 minutos, está dirigida por Zach Cregger y protagonizada por Austin Abrams, que ya había trabajado con el director en Weapons. En esta oportunidad, Abrams se pone en la piel de un repartidor que atraviesa persecuciones, criaturas y escenas físicamente exigentes, entre ellas una secuencia corriendo sobre nieve y varias jornadas de rodaje en Praga, con frío de verdad. El propio actor contó que, en algunos días, la lluvia se congelaba sobre la ropa que usaba para el personaje, y que esa incomodidad la sumaba a lo que el guion le pedía: sostener a un tipo que no está listo para nada de lo que le pasa.

El arco de Bryan: del reparto común al monstruo

Quiero detenerme acá porque es lo que más me movilizó de la propuesta. La transformación física del protagonista no es un decorado: es el corazón de la película. En el recorrido, Bryan atropella por accidente a una mujer que empieza a mutar en zombi, después huye de un policía que también está fuera de control y termina refugiándose en una granja. Lo que transporta el paquete se vuelve, entonces, su única esperanza: un antídoto para el virus T, aunque él ya recibió una mordedura. Entonces ya sabemos cómo termina, y lo terrible es que él también.

Cuando la infección avanza, el cuerpo de Bryan cambia. Y acá viene uno de los pedidos más raros que le hizo Cregger en el set: que intensificara los rugidos. Abrams contó que tuvo que hacer un ejercicio casi de exposición, pasarla por encima de la incomodidad de actuar como un monstruo y comprometerse con lo que imaginaba durante el rodaje. Eso, leído en conjunto, va configurando algo que a mí me golpeó: la película no te muestra a un héroe peleando contra el virus, te muestra a alguien siendo devorado por el virus de adentro hacia afuera, mientras todavía quiere volver a su casa.

Un final que no consuela, y por eso funciona

Hay un detalle del desenlace que quiero contar porque es lo que vuelve a la película una historia de orígenes y no una aventura de acción tradicional. Bryan muere. El protagonista no llega a usar el antídoto que él mismo transportaba. Abrams dijo que le sorprendió esa decisión, y la entendió como una manera de mostrar cómo el virus siguió expandiéndose aun cuando había existido una oportunidad concreta de frenarlo. Por eso la describe como una historia de orígenes: no es el relato del que gana, es el relato del momento en que todo se pierde y, aun así, la infección avanza.

En lo personal, esa elección me parece lo más honesto que tiene la película. Una adaptación de Resident Evil podía haber apostado por la pirotecnia, por la fanfarria de los personajes icónicos, por el guiño constante al fan del videojuego. En cambio, Cregger y Abrams van a un lugar más incómodo: el de un tipo común que quiere volver con la novia y termina convertido en otra cosa, en un pueblo que ya estaba perdido antes de que él llegara. A la salida, mientras esperaba el colectivo, una señora que también había visto la función me dijo una frase que me quedó dando vueltas: "Pobre pibe, él sólo quería llevar el paquete a casa". Y la verdad es que esa es, exactamente, la película.

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Rosario EscuderoCultura y espectáculos

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