Saltar al contenido
Domingo, 11 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Entretenimiento /

El sueño nórdico que Miyazaki nunca pudo animar y que igual terminó saliendo en sus películas

A principios de los setenta, el director japonés viajó a Suecia para quedarse con los derechos de Pippi Calzaslargas y llevarla a la pantalla como serie animada. Astrid Lindgren le dijo que no. Lo que preparó para esa aventura fallida aparece igual, disimulado, en sus películas posteriores.

Por Rosario EscuderoCultura y espectáculos · · hace 1 h
El sueño nórdico que Miyazaki nunca pudo animar y que igual terminó saliendo en sus películas

Me acuerdo de una señora de Barracas, en la cola de la última función de Ponyo que fui a ver, que me dijo al pasar lo que iba a repetir varias veces esa noche mientras acomodaba el abrigo de su nieta: fue a preguntarme si yo sabía que Miyazaki había querido hacer una serie de Pippi Calzaslargas y que la propia Astrid Lindgren le había cerrado la puerta en la cara. Me lo dijo con esa mezcla de escándalo y ternura que tenemos los argentinos cuando los ídolos se cruzan con las leyendas de la infancia, como si fuera un encuentro que se había perdido por un pelo. Esa anécdota es real y está documentada, y forma parte de una historia que tiene más miga de la que parece, porque lo que no pudo ser terminó filtrándose igual en el cine del director japonés durante los años siguientes.

Un viaje a Suecia en busca de Pippi

Para situarnos hay que retroceder hasta principios de la década del setenta, cuando Hayao Miyazaki e Isao Takahata acababan de pegar el portazo en Toei Animation después del fracaso comercial de Las aventuras de Hols, el príncipe del sol, una película que les había costado el puesto pero les había dejado algo más importante: la certeza de que sabían hacer cosas que la industria todavía no estaba dispuesta a bancar. El productor Yasuo Otsuka los juntó entonces en un estudio chico llamado A-Pro, que intentaba desmarcarse de la producción televisiva japonesa de la época, esa que se fabricaba por encargo, a toda máquina, sin demasiado margen para la autoría. La gran ilusión que se les apareció en el horizonte fue, ni más ni menos, que adaptar a Pippi Calzaslargas, la nena pelirroja y desprolija creada por la escritora sueca Astrid Lindgren, en una serie animada con todas las de la ley.

A mí siempre me conmovió particularmente esta elección, porque los dos la valoraban por razones muy distintas y las dos eran preciosas. Miyazaki, según contó él mismo tiempo después, la veía sobre todo como una oportunidad de hacer algo distinto de la televisión industrial que los venía aplastando. Fue algo extraordinario para nosotros, dijo, la oportunidad de hacer algo significativo y no solo televisión. Takahata, en tanto, estaba fascinado por otro costado del asunto: le gustaba que los libros de Lindgren se animaran a cuestionar la tradición de la literatura infantil europea, esa que solía tratar a los chicos como proyectos a corregir antes que como personitas a escuchar. Adaptar a Pippi, para él, era casi un acto de rebeldía pedagógica desde el dibujo animado.

Por qué Lindgren dijo que no

El plan se puso serio hasta el punto de que en 1971 Miyazaki viajó personalmente a Suecia para sentarse cara a cara con Lindgren y tratar de cerrar la cesión de los derechos. Pasó varios días recorriendo el país, vio Visby, se cruzó con esos pueblos chicos amurados al mar y al verde que parecen sacados de un cuento de hadas nórdico, y se volvió a Japón con la cabeza llena de imágenes que, como vamos a ver, no se le borraron nunca. El problema fue que del otro lado de la mesa la escritora no estaba convencida. Sobre ella pesaba un mal recuerdo: la adaptación cinematográfica de su personaje que se había hecho en 1949 no la había dejado conforme, y la experiencia la había vuelto desconfiada con cualquier nuevo intento. Súmese a eso, según los relatos que circularon en la época, una prevención bastante extendida en ciertos círculos literarios europeos respecto del animé japonés, al que se miraba con la sospecha de ser demasiado violento para historias pensadas para nenes. La negociación no prosperó y Miyazaki volvió con las valijas y con un archivo entero de bocetos y de apuntes de investigación sin destino claro.

Lo que hizo con todo ese material

  • Volcó buena parte de esas ideas en Las aventuras de Panda y sus amigos (1972), el mediometraje que dirigió Takahata con guion de Miyazaki. La protagonista, una nena traviesa y pelirroja llamada Mimiko, comparte con Pippi varias de las cosas que Miyazaki venía trabajando: la libertad de movimientos, la relación con la naturaleza, el pulso aventurero.
  • Ese mediometraje tuvo una secuela al año siguiente, lo que muestra que el material que había reunido para Suecia alcanzó para alimentar un par de proyectos seguidos sin que se notara demasiado el origen frustrado.
  • Los paisajes que conoció en el recorrido por Suecia durante la negociación fallida reaparecieron, ya transformados, dieciséis años más tarde, en la ambientación de Nicky, la aprendiz de bruja (1989), donde el pueblo costero y los campos verdes tienen ese aire que parece directamente sacado de las postales nórdicas.

Es una de esas historias que a mí, como cronista, me parecen injustas en la superficie pero muy sabias en el fondo. Injustas, porque uno piensa en la cantidad de años que los chicos de varias generaciones se perdieron de esa serie imaginaria que nunca se hizo. Sabias, porque también sabemos que sin ese portazo no tendríamos a Mimiko, ni el viaje visual de Nicky, ni toda la libertad que Miyazaki después volcó en el personaje de Kiki, su aprendiz de bruja más célebre. Pippi no se hizo, pero como me dijo esa noche la señora de Barrancas ya en la vereda, mientras apagaba el celular y buscaba un taxi, mientras se despedía con un gesto que era mitad sonrisa y mitad suspiro, P igual ya había entrado igual en las películas, disfrazada de otra cosa.

RE
Rosario EscuderoCultura y espectáculos

Te puede interesar