El parador nocturno de Neuquén se reinventa: dos meses, 400 historias y la promesa de no cerrar
A dos meses de su apertura, el refugio para personas en situación de calle atendió a un promedio de 100 personas por noche y ya se prepara para dejar de ser solo un albergue invernal: ahora funcionará todo el año con un esquema por etapas que apunta a la reinserción laboral y familiar, con equipos de salud, psicólogos y voluntarios.
A mí me tocó escucharlo de boca de un chico joven que esperaba la puerta del parador con una mochila al hombro y un termo en la mano. Me dijo, mientras el vapor del café se confundía con el frío de las ocho de la noche, que esa era la primera vez en mucho tiempo que tenía un techo seguro para dormir, y que eso, para alguien que viene de la calle, es mucho más que una cama: es la diferencia entre creer que todavía se puede o directamente dejarse caer. Esa imagen se me quedó pegada cuando empecé a reconstruir la historia de un dispositivo que, a dos meses de haber abierto sus puertas en Neuquén, ya atendió a 400 personas en situación de calle y registró un promedio de 100 asistentes por noche, con picos que llegaron a las 120, según los datos oficiales que me llegaron desde la organización.
Un refugio que no se toma vacaciones con la llegada del calor
Lo más interesante, y lo que a mí me parece que cambia de verdad la discusión, es que este parador no va a cerrar cuando empiecen a subir las temperaturas como suele pasar con la mayoría de los dispositivos de este tipo en la Argentina. La decisión ya está tomada: el lugar se va a reconvertir en un dispositivo que funcionará todo el año, con un formato por etapas pensado para acompañar procesos de reinserción laboral y familiar, y no únicamente para pasar el invierno. El criterio con el que viene trabajando es el llamado de bajo umbral, una idea sencilla pero potente que consiste en abrir la puerta sin pedirle nada a cambio a quien llega: se recibe a cualquier persona en situación de vulnerabilidad, esté o no consumiendo sustancias, tenga o no tenga documentos, quiera o no quiera hablar con un profesional. Esa política, me contaron, fue clave para que el número de asistentes creciera tan rápido y para que muchos que estaban en la calle terminaran aceptando, al menos, una noche adentro.
- El 92 por ciento de quienes pasaron por el refugio son varones.
- El 81 por ciento tiene domicilio registrado en la ciudad de Neuquén, según datos cruzados con el Registro Nacional de las Personas.
- El promedio de asistencia nocturna ronda las 100 personas, con picos de hasta 120.
- El 100 por ciento de quienes asisten lo hace de manera voluntaria.
Un recorrido en etapas, desde la calle hasta el alquiler propio
Ahora bien, lo que viene a partir de la primavera es lo que a mí más me interesa contar, porque tiene que ver con la idea de que dormir bajo techo no alcanza. El nuevo esquema organiza la atención en niveles según el estado de cada persona. El primer nivel, el de bajo umbral, recibe a quienes llegan tal como están, con sus consumos, con sus mochilas, con sus silencios. A partir de ahí, el dispositivo ofrece etapas de mediano y alto umbral a medida que cada usuario avanza en dos frentes que son los más difíciles: conseguir un empleo y volver a tener un vínculo con la familia. La meta última, me dijeron los coordinadores, es que cada uno pueda acceder a un alquiler o reinsertarse en un entorno familiar, que es, en el fondo, la única manera de que el parador deje de ser necesario.
En lo concreto, hay un cambio logístico que me parece simbólico. El punto de partida del traslado nocturno va a pasar a ser un tráiler instalado junto al Hospital Bouquet Roldán, donde cada persona podrá dejar sus pertenencias antes de subir al micro que los lleva al refugio. Quienes estén en condiciones de moverse solos podrán hacerlo por sus propios medios, lo que también es parte del proceso de autonomía. El modelo, vale decirlo, no salió de un escritorio: surgió de una visita de trabajo de dos días que el equipo hizo a Ciudad Oculta, en el área metropolitana de Buenos Aires, para aprender de organizaciones que llevan años trabajando con esta misma lógica y que ya tienen los errores y los aciertos como para orientarlos. Copiar lo que funciona, en política social, no es trampa: es inteligencia.
Salud, psicología y grupos terapéuticos, la trinchera de adentro
En el interior del parador ya funciona un pequeño ejército de profesionales que a veces no se ve. Hay atención podológica todos los miércoles, residentes de medicina general y de odontología que pasan consulta, y equipos de psicólogos que trabajan con abordajes individuales. Con el cambio de formato se sumarán grupos terapéuticos con mayor frecuencia y se incorporará formalmente al Ministerio de Salud de la provincia, algo que para mí es una señal política importante porque deja de tratar la situación de calle como un problema únicamente de contención nocturna y la empieza a pensar como un problema de salud pública. Además, se va a trabajar de forma coordinada con otros refugios de mediano umbral que ya funcionan en la ciudad, de modo tal que nadie quede dando vueltas entre dispositivos sin saber adónde ir.
Algo que a mí me parece clave y que no quiero dejar afuera: el acceso al parador es absolutamente voluntario, nadie obliga a nadie a subir, y las personas se acercan a la Catedral María Auxiliadora para ser trasladadas al lugar. Eso significa que todavía hay gente durmiendo en la calle que, por distintas razones, no acepta pasar por el dispositivo, y eso también forma parte del paisaje que uno ve cuando camina por el centro de Neuquén a las diez de la noche. Dentro del refugio, mientras tanto, rigen reglas de convivencia cuyo cumplimiento es condición para quedarse, una decisión que tampoco es menor porque empieza a reintroducir la idea de que vivir con otros implica ciertos acuerdos. Salí del lugar con la sensación de que la primavera, en esta ciudad, no va a traer el cierre del parador sino una versión más ambiciosa del mismo, y eso, me parece, es una de las pocas buenas noticias que uno se puede llevar a casa después de una noche de trabajo. Como me dijo, ya en la vereda y con las manos en los bolsillos, un voluntario que hacía horas que no paraba: "Mientras haya uno solo durmiendo afuera, esto no terminó, y por eso no vamos a cerrar".
