Cuando la leche deja de sentar bien: la intolerancia a la lactosa que llega después de los veinte
De chica tomaba leche sin problema y de grande le hincha la panza. Lejos de ser una exageración, es un cuadro frecuente que se explica por la caída de una enzima del intestino. Qué la provoca, cómo se detecta y qué opciones hay para no quedar a dieta de un día para el otro.
Me lo crucé la semana pasada en un café de las sierras, mientras esperaba el termo con el mate cocido. Un tipo de unos cincuenta, cara de buenazo, le pidió al mozo un té con leche y al rato ya estaba buscando el baño con una muebra que no engañaba a nadie. Viene de la mano con un montón de pacientes que llegan a la consulta con la misma frase: de chico tomaba leche todos los días y ahora me hace pelota. Y no, no es invento ni exageración: tiene nombre, tiene causa y, sobre todo, tiene solución.
Qué pasa adentro del cuerpo
La historia arranca en el intestino delgado, que fabrica una enzima llamada lactasa, la encargada de romper la lactosa, el azúcar natural de la leche, en pedacitos chiquitos que el cuerpo puede absorber. En la infancia esa fábrica trabaja a todo trapo. Con los años, en muchas personas, empieza a producir menos, y entonces la lactosa pasa sin digerir al intestino grueso, donde las bacterias la fermentan. De ahí vienen los gases, la hinchazón, los cólicos y, en varios casos, la diarrea, porque esa lactosa sin absorber también arrastra agua.
Lo más común es que las molestias aparezcan entre los veinte y los treinta años, aunque hay quienes las descubren bien entrada la cuarentena. La herencia pesa: la condición es más frecuente en personas de ascendencia asiática oriental, nativa americana y africana occidental, y menos común en poblaciones del norte de Europa. La diferencia se entiende mirando la historia: los pueblos que llevan miles de años criando animales lecheros y tomando sus derivados desarrollaron mejor tolerancia genética.
Cómo se reconoce y en qué se diferencia de una alergia
- Hinchazón abdominal y dolor, que suelen notarse a las pocas horas de tomar leche o comer helado.
- Gases y ruidos intestinales, a veces bastante ruidosos como para cortar una reunión.
- Heces blandas o diarrea, sobre todo cuando se tomó más de lo que el cuerpo tolera.
- Una reacción que varía según lo que se comió antes: un vaso de leche con el estómago vacío suele pegar más fuerte que un poquito de queso en una comida completa.
La confusión más grande que veo en la gente es mezclar intolerancia con alergia. No son lo mismo. La alergia a la leche involucra al sistema inmunitario reaccionando contra las proteínas lácteas, y puede dar urticaria, vómitos, eccema o, en los casos más serios, dificultad para respirar; suele aparecer en la infancia. La intolerancia, en cambio, es un problema de digestión: la lactosa no se rompe bien, el sistema de defensas no entra en escena y los síntomas quedan en el aparato digestivo.
Cómo se confirma y qué se puede hacer
Para los casos dudosos, los médicos tienen la prueba de hidrógeno espirado: se toma una dosis de lactosa y se mide el hidrógeno en el aire que se exhala durante unas cuatro horas. Si los valores suben bastante, es porque las bacterias del colon fermentaron la lactosa que el intestino no pudo absorber. Pero no siempre hace falta llegar a ese estudio: muchas veces alcanza con sacar los lácteos por un par de semanas y ver si las molestias se van. Si se van y vuelven cuando se retoman, el cuadro está bastante claro.
Para manejarse en el día a día, los especialistas suelen armar una estrategia en tres patas: probar cuánto tolera cada uno (hay personas que bancan un yogur, un poquito de queso duro o un vaso chico de leche, y se descomponen con un café con leche generoso), repartir los lácteos en pequeñas cantidades a lo largo del día en lugar de tomarlos todos juntos, y sumar otros alimentos en la misma comida para frenar la velocidad con la que la lactosa llega al intestino. Los productos deslactosados, las leches vegetales enriquecidas con calcio y los quesos duros, que tienen menos lactosa, suelen ser grandes aliados.
Si las molestias siguen después de dos semanas sin lácteos, o si aparecen síntomas nuevos que preocupan, la consulta con un gastroenterólogo es el camino. No se trata de dejar la leche de un día para el otro por las dudas: el calcio y la vitamina D que aportan los lácteos se pueden conseguir por otros lados, pero mejor que lo indique un profesional según la edad, los hábitos y la historia clínica de cada uno.
La recomendación de un lugareño
Antes de irme del café le pregunté al tipo qué había aprendido en carne propia después de años de penar con la panza. Me miró con una sonrisa y me dijo, casi como un consejo de abuelo: Fijate qué le hace a tu cuerpo, no lo que le hace al de tu primo. Yo dejé la leche de taza, pero un pedacito de queso criollo en la mesa, chiquito, lo banqueo sin problema. Y cada vez que puedo, me como un yogur natural bien fresco de la cooperativa de acá del pueblo. Eso me dijo Raúl Maidana, productor lácteo de la zona y, según él, especialista empírico en no pasarla mal. La frase, bien riojana, sirve para todos: la intolerancia tiene umbrales distintos en cada uno, y la salida es probar, ajustar y no quedarse con lo que dice el vecino.
