Cuando el rumor se impone al desmentido: la pelea entre De Brito y Granados que volvió a poner a OLGA en el centro de la escena
Un trascendido sobre una supuesta venta de participación en el canal de streaming derivó en un cruce público entre Ángel de Brito y Migue Granados, con chicanas, capturas de pantalla y un interrogante que sobrevuela al periodismo del espectáculo: ¿qué pasa cuando la negativa del protagonista no alcanza para frenar la versión?
Lo vi casi de casualidad, mientras esperaba el subte y miraba el celular: una mujer de unos cincuenta y tantos, con el pelo recién teñido y un barbijo colgando del cuello, me mostró la pantalla y me dijo mirá esto, mirá lo que le contestaron. Era el cruce entre Ángel de Brito y Migue Granados, un ida y vuelta que había empezado en la pantalla de LAM y había terminado en la red social X, con capturas, ironías y hasta un reproche por un supuesto consumo de sustancias que dejó a más de uno con la boca abierta. La señora me lo mostró como quien comparte un documento histórico, y la verdad es que algo de eso había: en pocas horas, quedó expuesto un mecanismo que en el periodismo de espectáculos conocemos bien, y que esta vez se dio con nombre y apellido. Un trascendido sobre una posible venta de la participación de Migue Granados en el canal OLGA circuló con tanta fuerza que, incluso después de ser desmentido por su propio protagonista, siguió ganando espacio en la conversación.
Te lo cuento con mis palabras, como si lo tuviera enfrente. De Brito lo planteó en su programa como lo que suele llamarse un rumor: lo soltó, lo sostuvo como hipótesis y aclaró que él mismo lo había consultado en privado con Granados, y que el conductor se lo había negado. Hasta ahí, en apariencia, el manual clásico del chimento: chequeo, respuesta del involucrado, versión al aire con el condimento de siempre. Pero la cosa se torció cuando, aun con la negativa sobre la mesa, De Brito eligió igualmente darle vuelo a la versión: sostuvo que, aunque Granados no habría vendido, podría haber acordado algo parecido, una cifra importante de por medio, y que el conductor seguiría en OLGA pero sin la conducción diaria, supuestamente porque estaba cansado. O sea, transformó un no en un casi.
La respuesta de Granados y el ida y vuelta
Granados no se quedó callado. Salió a responder con un recorte del segmento y con una frase que, a mi entender, define bastante bien el problema: "El tipo pregunta en privado. Le contás que no y cuenta que sí". Es la queja de alguien que siente que su palabra no le sirvió de nada, que el desmentido no corrió con la misma velocidad ni tuvo el mismo peso que el trascendido original. De Brito le contestó con una chicana que ya se hizo clásica en este tipo de peleas: le sugirió escuchar mejor y lo bautizó "streamer de cristal". Granados, fiel a su estilo, eligió el humor para cerrar: "¿Vos me estás mandando a drogar, Ángel?". Ahí, al menos de manera pública, terminó el cruce. Pero el tema quedó flotando.
Los antecedentes y el contexto de la pelea
- El cruce tiene historia: meses atrás, cuando Granados esquivó una nota con un canal de televisión, De Brito ya lo había tratado de "llorón" y lo había comparado, sin demasiada amabilidad, con Nico Occhiato.
- En el medio de esa comparación quedó flotando una idea que De Brito repite cada vez que puede: que los streamers son una generación más frágil frente a la exposición.
- También mencionó que Verónica Lozano y Leo Montero habrían recibido propuestas para hacerse cargo de una franja en OLGA, aunque ninguna habría prosperado.
- Ninguno de esos datos alcanza para confirmar una transferencia de participación: lo único concreto que existe hasta ahora es la negativa del propio Granados.
La pregunta que sobrevuela al periodismo del espectáculo
Lo que este episodio volvió a poner sobre la mesa es algo que en la redacción discutimos seguido, y que a veces se nos escapa: un desmentido puede convivir eternamente con el trascendido que intenta desactivar. Granados lo señaló con bastante claridad; De Brito, por su parte, defendió su postura argumentando que en todo momento aclaró que se trataba de información no verificada. Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo, y ahí está justamente la tensión. ¿Dónde termina el trascendido legítimo, ese que abre preguntas que después se confirman o se descartan, y dónde empieza la difusión de un dato que ya fue negado por su protagonista? No es una pregunta teórica: define cómo nos paramos frente al público que nos lee y nos mira, y hasta qué punto somos responsables del recorrido que haga una versión después de que la largamos.
Cuando subí al subte, la señora del barbijo ya no estaba. Pero la pregunta se me quedó dando vueltas, y la sigo teniendo mientras escribo esta nota. Porque, en definitiva, lo que está en juego no es solo la pelea entre dos conductores con público y conego claro: es el modo en que producimos y circulamos información en un ecosistema donde la inmediatez muchas veces le gana al rigor, y donde un "no" dicho en privado puede ser olímpicamente ignorado si no se adapta al relato que queremos contar. Algo de todo esto, me parece, nos incluye a todos los que escribimos sobre estas cosas, y no solo a los que están del otro lado de la pantalla.
“A mí me da bronca, eh. Si yo te digo que no, es no. ¿Para qué me preguntan?”Una señora en la puerta del subte, a la salida de la redacción
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