Cuando el celular sigue llamando la atención aunque esté en el bolsillo
El neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin, ambos investigadores del CONICET, describieron en su libro (Des)Conectados los mecanismos que mantienen a las personas pendientes del teléfono incluso cuando no lo están usando, y los efectos de esa expectativa sobre la memoria y la convivencia cotidiana.
La escena se repite a diario en oficinas, aulas y reuniones familiares: el bolsillo vibra, la mano se adelanta sobre el dispositivo y la pantalla confirma que no hay nada nuevo. Para el neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin, investigadores del CONICET, esa descarga de adrenalina ante una falsa señal tiene nombre y mecanismo, y forma parte de lo que describen en su libro (Des)Conectados como un nuevo modo de estar atentos al mundo.
La expectativa como motor de la consulta
En diálogo con este medio, los autores explicaron que el cerebro aprende a asociar el teléfono con la posibilidad de recibir un aviso y, por esa razón, interpreta cualquier roce de la ropa o sonido cercano como un indicio de notificación. Esa expectativa es la que lleva a desbloquear la pantalla incluso cuando no hay señal alguna, un fenómeno que los especialistas denominan notificaciones fantasma y que, según detallaron, muestra cómo la espera puede sostenerse sin que exista una alerta real.
Ballarini y Bonnin vincularon esa conducta con un concepto extendido en la literatura técnica: el miedo a quedar afuera, conocido como FOMO por sus siglas en inglés. Advirtieron que, en el caso de los adolescentes, perder el acceso a las conversaciones digitales puede percibirse como una exclusión del grupo de pares, ya que la preocupación abarca tanto las actividades que se están perdiendo como los intercambios en los que no logran participar.
El costo sobre la memoria y la atención
Los investigadores fueron más allá de la descripción del hábito y situaron sus consecuencias en el plano cognitivo. Sostuvieron que estar pendiente de las novedades digitales reduce los recursos disponibles para concentrarse en lo que ocurre en el entorno y señalaron que un mayor miedo a quedar afuera se relaciona con un rendimiento más bajo de la memoria y la atención en las tareas cotidianas.
- Notificaciones fantasma: la expectativa de un aviso hace que el cerebro interprete ruidos o roces como señales del celular, aun cuando no haya mensajes.
- Miedo a quedar afuera: la posibilidad de perderse conversaciones o actividades digitales puede generar ansiedad, con mayor impacto en los adolescentes.
- Costo atencional: la vigilancia constante del dispositivo deja menos recursos para concentrarse en el entorno y afecta el rendimiento de la memoria.
- Hábitos y vínculos: las pantallas alojan conversaciones, relaciones y actividades de la vida diaria, por lo que dejar el teléfono puede vivirse como alejarse de un espacio de encuentro.
- Punto de partida: reconocer la dependencia no pasa solo por contar los desbloqueos, sino por advertir la preocupación constante de perderse algo.
Una invitación a revisar los hábitos en la vida familiar
Los autores plantearon que su propuesta busca recuperar el valor del conocimiento y la memoria, y evitar que los dispositivos concentren todo el esfuerzo de pensar. Reconocer la dependencia es, en sus palabras, un primer paso: no se trata únicamente de contabilizar la cantidad de veces que se desbloquea la pantalla, sino de advertir la preocupación por perderse algo o la expectativa constante de que llegue un mensaje.
Ballarini y Bonnin cerraron su planteo con una pregunta que busca trasladarse a la rutina de los hogares: en qué momentos de la convivencia el teléfono ocupa un lugar que antes pertenecía a la charla cara a cara o a la atención plena de la actividad que se está realizando. La formulación, según remarcaron, apunta a que cada familia pueda revisar sus propios hábitos digitales sin recetas únicas, pero con herramientas aportadas por la neurociencia y la lingüística.
