Crecer con un ninja naranja en la televisión: lo que la ciencia dice sobre la marca que dejó "Naruto" en toda una generación
Un estudio reciente indaga cómo la serie animada japonesa habría moldeado la manera en que miles de personas, hoy adultas, aprendieron a levantarse después de cada caída. La investigación rescata los valores del protagonista y los traduce en herramientas concretas para la vida cotidiana.
Todavía me acuerdo de la primera vez que vi a un nene, en una platea de un festival de animé en Buenos Aires, pedir que le dibujaran en la mejilla las marcas de Naruto antes de sacarse una foto. Tenía alrededor de ocho años, se reía con los ojos enormes mientras le pintaban los bigotes, y después me dijo, con esa seriedad que solo tienen los chicos cuando están repitiendo algo que escucharon en casa, que él también quería ser Hokage cuando fuera grande. Esa imagen me volvió a la cabeza mientras leía la investigación que armaron Alfin Rosydha y Nalia Roohma y que empezó a circular con fuerza en las últimas semanas, después de su publicación en octubre de 2025, porque viene a poner en palabras algo que muchos de nosotros, los que crecimos viendo la serie entre los 2002 y los 2017, sentimos sin necesariamente haberlo formalizado: que esas historias que mirábamos después del cole nos dejaron algo, y que ese algo todavía nos sirve para parar adelante cuando la vida nos complica.
Un huérfano que se niega a tirar la toalla
El estudio, titulado "Naruto: Un estudio sobre la Resiliencia y el Crecimiento en la Animación Japonesa", recorre el arco del protagonista creado por Masashi Kishimoto para explicar de qué manera la serie funcionó como una especie de manual emocional para sus espectadores más chicos. La idea central que sostienen las autoras es bastante directa y me hizo ruido porque la comparto: "Naruto es mucho más que una historia coming-of-age: es una narrativa con raíces en los temas de la resiliencia, la perseverancia y el crecimiento personal". Es decir, no estamos hablando de una serie que solo entretuvo, sino de un relato que acompañó a una generación entera mientras esa generación estaba formando la manera en que iba a entender el esfuerzo, el fracaso y la idea de levantarse una vez más.
Lo que más me interesa del trabajo es el lugar que le asigna al vínculo con los demás. Para las investigadoras, la historia de Naruto Uzumaki no se entiende sin sus mentores, sin sus compañeros del Equipo Siete, sin Iruka sensei cuando lo defiende por primera vez, sin Jiraiya como figura paterna, sin el lazo con Sasuke y con Sakura. Esa red de relaciones funciona, según el análisis, como recordatorio constante de que el éxito colectivo pesa más que el éxito individual y, sobre todo, de que pedir ayuda y recibirla no es un signo de debilidad sino una parte central del crecimiento. A mí, como adulta que todavía se acuerda de los capítulos donde Naruto se entrenaba con sus amigos, esa lectura me cerró por todos lados.
Una generación que hoy tiene entre 25 y 40 años
Pienso en los que vimos la serie original entre 2002 y 2007 y después seguimos con "Naruto Shippuden" hasta 2017, que hoy somos grandes y estamos criando chicos, trabajando, cuidando a nuestros viejos, intentando hacer equilibrio con lo que nos toca. Si el estudio está en lo cierto, crecimos mirando a un huérfano marginado que se negaba a rendirse y que perseguía con una insistencia casi obsesiva convertirse en el líder máximo de su aldea, y algo de esa persistencia nos quedó pegada. Lo digo en primera persona porque me toca de cerca: cada vez que un proyecto no sale, cada vez que un plan se cae, aparece en algún lugar de la cabeza esa imagen de Naruto cayendo una y mil veces, levantándose con el ojo ensangrentado y diciendo que va a volver. No es magia, es un recurso que uno fue incorporando sin darse cuenta, y leer que existe un trabajo académico que lo describe con seriedad me produjo una especie de ternura retroactiva.
Después de la nota, una mujer de unos cuarenta y tantos que estaba sacando el abrigo en el placard me dijo, mientras se acomodaba el pelo: "Yo lloré como una desquiciada cuando se fue Jiraiya, y todavía hoy, cuando estoy mal, me acuerdo de él y se me pasa un poco". No pude sacarle foto, pero la frase me la quedé para el final de esta nota.
