Comer en casa, comer en familia: por qué la mesa compartida sigue siendo la mejor escuela para los chicos
Un consenso de especialistas argentinos en nutrición pediátrica vuelve a poner el foco en la comensalidad: lo que pasa alrededor del plato importa tanto como lo que hay dentro. La mirada recorre desde los dos hasta los diecisiete años y advierte que la mesa familiar se vacía justo en la adolescencia, cuando más falta hace.
A mí me lo contaba la semana pasada una señora en la verdulería, mientras pesaba unas mandarinas: «Mi nieto de quince ya ni se sienta a la mesa, se lleva el plato al cuarto y come mirando el celular, y la madre lo deja porque dice que al menos come». La miré y me dio la sensación de que estaba describiendo, sin saberlo, uno de los puntos centrales del consenso NutreAR, que acaba de presentarse en el noveno Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica organizado por la Sociedad Argentina de Pediatría y que llevan adelante los Profesionales Expertos en Nutrición Infantil, más conocidos por su sigla PROFENI. La idea que atraviesa el documento es bastante sencilla de enunciar y bastante difícil de sostener en la vida cotidiana: los chicos no aprenden a comer solo por lo que se les sirve en el plato, sino por todo lo que rodea ese momento.
La comensalidad, una palabra que ordena la mesa
Los especialistas hablan de comensalidad para englobar todo aquello que rodea el acto de comer: el horario, el lugar, las personas que están alrededor, la conversación, la presencia o la ausencia de pantallas, la rutina. No es un invento caprichoso. Viene a decir que un niño de dos años, uno de diez y un adolescente de dieciséis no solo tienen necesidades nutricionales distintas, sino que además se vinculan con la comida de maneras muy diferentes, y que cualquier recomendación que ignore el contexto en el que se come está, en el mejor de los casos, incompleta.
El documento recorre cada etapa y propone orientaciones diferenciadas, pero hay un mecanismo que se repite como una constante y que a mí, como lector y como padre, me parece de los más valiosos: el aprendizaje por imitación. Cuando un chico ve a sus padres, a un hermano, a un tío o a un amigo probar alimentos distintos, incorporar verduras que antes rechazaba o simplemente comer tranquilos, sin apuro, su propio repertorio se va ampliando casi sin que nadie se lo exija. Por el contrario, los especialistas remarcan que la selectividad alimentaria, esa tendencia a comer siempre lo mismo, se vuelve mucho más difícil de revertir cuando no hay referencias cercanas que muestren otras opciones. La recomendación concreta es ofrecer siempre algo nuevo y evitar consolidar menús demasiado restringidos, incluso cuando el chico insiste con que no quiere probar.
Hay un tramo del documento que me resultó especialmente honesto, y que a muchos les va a resonar: a partir de los catorce o quince años crece la tendencia a comer solo, en el cuarto y frente a una pantalla. Los propios especialistas reconocen que en esa edad los horarios se complican, que el colegio, el trabajo y las actividades deportivas conspiran contra la mesa común, y que entonces la cena termina siendo, en la mayoría de los hogares, el único momento realista para juntarse. Por eso no pontifican ni piden heroicidades: sostienen que una comida compartida por día es un piso razonable, y aclaran que la mesa no tiene que ser obligadamente la de la familia en sentido estricto, porque cenar con amigos cumple la misma función de construir vínculos alrededor de la comida.
La comensalidad tampoco termina en la puerta de la casa, y eso me parece otro de los aciertos del consenso. En la escuela, los comedores con menús planificados con criterios nutricionales y las viandas preparadas en casa funcionan como una extensión de la mesa familiar y amplían el repertorio de los chicos. Para un niño que en su hogar come siempre lo mismo, el comedor escolar puede ser el primer lugar donde prueba algo distinto, a veces con presión de los compañeros y otras veces con la simple curiosidad de ver qué eligen los demás. La escuela, en ese sentido, no reemplaza a la familia pero la complementa, y los especialistas insisten en que ambos espacios deberían tirar para el mismo lado en lugar de competir por los hábitos del chico.
En un país donde la alimentación infantil se discute casi siempre en términos de qué se come y cuánto se come, este consenso me parece valioso porque corre el eje hacia el cómo, el dónde y el con quién. No se trata de romantizar la mesa familiar ni de culpar a los padres que llegan cansados y aceptan que el adolescente coma en su pieza, sino de dimensionar lo que está en juego: los hábitos que se construyen en la infancia y la adolescencia tienden a persistir durante toda la vida adulta, y esos hábitos se forman tanto en el plato como en la conversación, en la pantalla apagada como en la sobremesa que se estira un rato más. La señora de la verdulería, mientras tanto, ya se iba con su bolsa de mandarinas y, antes de doblar la esquina, me dejó una frase que me parece la mejor síntesis posible de todo esto: «Mirá, yo les digo a mis hijos que mientras haya alguien sentado a la mesa, hay familia».
