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Ballenas jorobadas en el sur de Bahía: la temporada que sacude al invierno brasileño

Entre julio y noviembre, los cetáceos llegan al archipiélago de Abrolhos para reproducirse y dan vida a una movida turística que mueve a pueblos enteros del litoral. Cuánto sale la excursión, cómo se llega y por qué los expertos insisten en cuidarlas.

Por Florencia ZabalaTurismo serrano · 27 de agosto de 2026 · hace 45 min

Lo veo cada vez que aterrizo en esa franja del litoral brasileño en pleno julio: el mar abierto, verdoso y frío, se mueve con otro ritmo. No están las lanchas de verano ni la música a todo volumen desde los paradores; en cambio, sobre el horizonte, una aleta enorme vuelve a romperse contra el agua. Son las ballenas jorobadas que, como todos los años, bajan desde aguas más australes hasta el archipiélago de Abrolhos, en el extremo sur de Bahía, para aparearse y criar. La temporada va de julio a noviembre y se convirtió en una de las razones más sólidas para escaparse al nordeste brasileño fuera del verano.

Dónde se concentra el espectáculo

Abrolhos, declarado parque nacional marino hace décadas, es el escenario principal. Ahí llega la mayor densidad de animales y desde ahí parten la mayoría de las excursiones con permiso. Pero el fenómeno se expandió: el Instituto Baleia Jubarte, que empezó trabajando exclusivamente en la zona, hoy monitorea presencia de ballenas hasta el litoral de São Paulo, en el otro extremo de la ruta migratoria. Eso abrió nuevas ventanas de avistamiento para los viajeros que ya están veraneando en el norte o que prefieren moverse por la costa más al sur.

Cuánto cuesta y cómo se llega

Para un argentino, la combinación más cómoda es volar a Porto Seguro o a Teixeira de Freitas, en el sur de Bahía, y desde ahí moverse por tierra hasta Caravelas, el pueblo costero que funciona como base de operaciones hacia Abrolhos. Las excursiones de día completo al archipiélago salen desde unos 600 a 900 reales por persona, según temporada y embarcación, y conviene reservarlas con operadores habilitados por el Instituto: hay salidas en lanchas rápidas y en barcos más grandes, con guía bilingüe y equipo de snorkeling para los corales que rodean las islas. El ingreso al parque se tramita con anticipación a través del ICMBio, que es el organismo ambiental brasileño. El paquete completo, con aéreos desde Buenos Aires, suele moverse en un rango de 800 a 1.200 dólares dependiendo de la fecha y la antelación con la que se compre.

“La ballena viva vale mucho más que muerta. La observación genera valor económico, empleo e ingresos, pero también sensibiliza a las personas.”Enrico Marcovaldi, vicepresidente del Instituto Baleia Jubarte

El fenómeno se siente fuerte en los municipios chicos del sur de Bahía. En Caravelas, el Instituto genera empleo directo y mantiene encendidos hoteles, restaurantes y prestadores durante los meses en que el turismo de playa se apaga. Eduardo Camargo, presidente de la organización, lo define como una nueva temporada, un calendario paralelo al verano que permite planificar el año entero. Para los argentinos que ya conocen Buzios, Arraial do Cabo o las playas de Alagoas, esta movida de invierno es una excusa distinta: combinar naturaleza, navegación y un pueblo con onda propia, lejos de las postales más taquilleras.

Las reglas del avistamiento responsable

La expansión del turismo de ballenas trae un desafío declarado por los propios organizadores: crecer sin apretar a los animales. El protocolo exige distancias mínimas, tiempos máximos de permanencia junto a cada grupo de cetáceos y embarcaciones habilitadas con guías certificados. El Instituto insiste en que cada salida es también una instancia de educación ambiental: quien ve una ballena, dice Marcovaldi, suele salir convertido en su protector. Por eso recomiendan evitar lanchas que prometan persecuciones o nado forzado con los animales y chequear que el operador esté inscripto en el registro oficial antes de reservar.

La recomendación me la dejó hace poco Seu Jorginho, pescador de Caravelas que reconvirtió su lancha al turismo de avistamiento hace más de diez años. Me dijo, mientras cebaba un café en el puerto: vengan en agosto, que las madres ya están con las crías y los saltos son más largos; pero respeten al animal, porque si la ballena se va, se va el pueblo entero. Esa frase resume el pulso de esta temporada: un negocio que sólo funciona si las jorobadas siguen volviendo año tras año.

FZ
Florencia ZabalaTurismo serrano

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